jueves, 23 de marzo de 2017

Mi sueño es

... escribir una carta suicida con sentido. Que evite que surjan comentarios como "pero era tan bueno", "pero se lo veía bien", o el peor de todos: "tenía todo un futuro por delante, un potencial". 

Una carta que despeje todas las dudas.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Vasectomía

¿Cómo puedo tener un hijo alguna vez, si yo no me traería jamás a este mundo a mí mismo?
¿Lo tendría por mí, porque yo quiero ser padre?,
Lo tendría, ¿para que su existencia sea mercantilizada y asumida desde el primer momento?
¿Para que tenga que trabajar o ganarse la vida a diario?
¿Para que intenten lavarle el cerebro con un ideal-de-su-yo en forma de un "exitoso-no-sé-qué"?
¿Por qué le haría eso a otra persona?
¿Qué clase de forro soy?
¿Cómo podría decirle que es libre, si ni siquiera pudo elegir existir?
¿Cómo podría tenerlo engañado sobre su subjetividad nunca particular, sino sometida a lo que nosotros creemos sabiendo o sin saber? ¿No debería emanciparme yo antes de traer a una persona a este mundo? Digo, al menos yo no quiero que alguien sufra por las cosas que yo no soy capaz de cuestionar. Como podría creer que hay algo superior a la emancipación de un ser que ya está condenado de antemano a no eligir existir. Traerlo preso de convenciones sociales, ¿por amor? ¿Por mí versión de amor? ¿Porque "yo quiero" tener la experiencia de ser padre? ¿Porque me hace más persona a mí?
Más aún, la decisión de tener un hijo puede tenerme de participe, pero las consecuencias de vivir las padece ese individuo, ¿acaso yo puedo garantizarle algo a alguien si no entiendo una mierda lo que es vivir?
Si alguien me hubiese preguntado antes, yo hubiese preferido jamás existir. Por respeto a mí hijo, yo jamás lo voy a tener.

lunes, 17 de octubre de 2016

Como si mi ocio fuese pecado

En el Banco me dicen que haga el depósito en el cajero automático, que ponga el cheque ahí y que ahorre tiempo.
Quieren que me vaya rápido, que no ocupe espacio, que sea un mero input y output, que no me siente.
Quieren que todo el trato lo tenga con una máquina. Las máquinas no cobran sueldos.
Quieren optimizar sus costos y optimizar mi tiempo para hacerme más productivo. El gran valor de esta época.
Pero me gusta sacar turnos lentos, nunca Vip, nunca rápido.
Me siento y leo. Leo por placer o pensando en el estudio. Amor al saber. Leo. A veces llevo los auriculares y me quedo escuchando música ahí, mientras un montón de viejitos que no saben usar el cajero van muriendo al lado mío. Se sientan, pobres, pasando sus últimas horas de vida. Muriendo como yo, ahí, lentamente, improductivos.

lunes, 23 de mayo de 2016

Piernas que cuelgan al vacío

Anoche, ufff, ¿cómo no decirlo? Anoche, que parecía una noche de insomnio y nada más, una de esas noches en las que no formo parte de la población durmiente. Anoche todo fue un sueño. Una pesadilla.
Daba vueltas en la cama puteándome. Pensando que eso es lo peor que me podía pasar. Pero siempre se puede estar peor. Sí, pasar de ¿cómo dormir sin fármacos? a ¿cómo dejar de sentir la adrenalina y el miedo?

Anoche vi una pierna colgando en el vacío. Seis pisos separaban esas piernas del suelo. 
Si la dueña de esas piernas caía, lo hacía en el patio de un departamento del primero. Justo al lado de un perro que ladra todas las noches y que nos rompe las bolas a todos. Y sí, ese perro iba a ladrar de nuevo. Iba a ladrarle a lo que quedaba de una mujer. 
Sangre, ladridos y muerte. La escena que mi vecino iba a lograr si seguía empujándola por la ventana.
Forro.
Yo ya dormía cuando ella gritó pidiendo auxilio. Al menos eso creo. Hay noches en las que no sé si duermo o si creo que duermo. No lo puedo decir con certeza.
Lo que sí puedo decir es que la golpeaban. No sé cuánto la golpearon esa noche, no sé si lo escuché todo. Yo desperté cuando oí que impactaba su cuerpo en las persianas de madera. 

Abrí mi ventana con el celular en la mano. Nunca dudé que es lo que había escuchado, sabía que la golpeaban y sabía que era a ella. Varias peleas lo habían anticipado. Él cumpliría esa noche sus amenazas.
911.
—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenas noches, llamo para reportar un caso de violencia d...De... Género.
Titubeo.
Las persianas del sexto piso se abrieron un poco y vi asomar una pierna. Medias negras. Pierna de mujer. Gritos de auxilio.
Casi me hago pis encima.
—¡Por favor, manden a alguien, un patrullero! Qui... Quieren... Él... Qui... Quiere tirar a su mujer por la ventana. ¡Estoy viendo como lo hace! 
Por fin salen las palabras.
Grito mi dirección y los datos. Alguien también grita, en realidad somos varias personas las que gritamos. El edificio es una colmena de gritones viendo un asesinato. Zumbamos la dirección y nos hacemos pis encima.
Otra mujer también llama a emergencias. Puedo escuchar el pánico en su voz. Un hombre asoma y mira, ve las piernas y escucho la amenaza. Grita: "¡Te voy a matar, hijo de puta!". El pelado grita de nuevo: ¡Te voy a reventar!.
Me dicen del otro lado que debo bajar y abrir la puerta al personal policial que va en camino. Lo escucho. Les digo: "ok, voy". Me visto y salgo de mi departamento.
Llamo al ascensor y espero. Salto en el lugar.
En el pasillo aparece un hombre.
Me apunta con un revólver en la cabeza. 
Yo estoy parado delante del ascensor y tengo un fierro en la frente. 
Años atrás, también en Capital Federal, un pibe me asaltó en la calle. Lo hizo supuestamente escondiendo un revolver bajo su buzo. No sabía si tenía un arma en serio o sí fingía con el dedo índice y sólo quería asustarme. Le dije que no tenía nada, que deje de joder con eso del arma. Me preguntó qué haría yo si él tuviese en verdad un arma y si me disparara. Yo respondí: "Morir, a menos que tengas muy mala puntería, pelotudo". No tenía una, ni tampoco me golpeó -aunque lo merecía-. Me escupió la cara y salió corriendo. Anoche, con el arma en la cabeza, y siendo increpado también respondí mal. "¿Vos sos el hijo de puta que golpea a su mujer?", yo respondí:"No. Pero, ¿qué haces con un arma, ridículo? ¿Qué sos? ¿Un superhéroe? Boludo". 
Justo apareció un tercero que bajaba corriendo las escaleras también llamado por los gritos. 
Yo tenía la puerta abierta del ascensor al que no subía, el pelado tenía un arma que todavía no disparaba y el tercero bajaba las escaleras porque el ascensor "no funcionaba".
Lo miró a él. Le preguntó lo mismo: "¿Vos sos el hijo de puta que golpea a su mujer?". También usó su arma como interpeladora. Se la puso en la frente tal como a mí. Él le dijo que no, que éramos del séptimo, que no estaba en el sexto. 
La guardó y nos miró con cara de pelotudo. Nos contó que había escuchado los gritos y que buscaba al tipo que quiso tirar a su mujer por la ventana. Quería exculparse. 
Lo sabíamos, no hacía falta. 
Decide irse, mi ascensor llega ante el segundo llamado. ¿Por qué se había ido?
La peor suerte de alguien que se cree un súperhéroe, un Punisher, un Nafta Súper (le hacía más honores a Oyola que a Marvel), es subir al piso equivocado, atacar a quienes no tienen nada que ver, dejar que el golpeador baje por el ascensor que nadie ocupaba. No solo quedar como un gil y no como el salvador de la noche, sino ser el otro gran problema del edificio. 
Me lo imaginaba después volviendo por donde vino, bajando al sexto, "tocándose" el revólver.  Sintiéndose un macho al rescate. 
Usaba sandalias de abuelo con medias. 
Boludo.
Bajo a recepción. Espero. Espero. Espero. Subo al sexto y escucho los llantos de la mujer. El marido se había ido. Gracias pelado. La rodeaban los vecinos, menos el pelado. 
Bajo de nuevo a recepción. Ningún policía. Llamo, me dicen que ya estaban en camino. Son diez cuadras y pasaron más de 15 minutos.
Parecían más, obviamente.
Espero. 
Baja un pibe. Del cuarto. Se va de joda, nada le importa. Me tira un "Cualquier cosa que necesites..." y se encapucha. Huele a perfume. Yo pienso su frase de nuevo: "Cualquier cosa que necesites... No sabes ni mi nombre, ni de que departamento soy. Estoy libre de compromisos. Chau". 
Empieza todo a ser un gran fastidio.
Veo pasar un patrullero. Puteo. Lo re puteo. Va en otra dirección. Se pierde rumbo a Liniers. Lo persiguen mis insultos quizás para nunca alcanzarlo. Miro la hora, son las 4 de la mañana, las piernas colgaban a las 2 y media. Son las 4, no puede ser esto. Estoy esperando, desesperando, cagado de frío. Estoy así desde hace hora y media. 
Me rindo y subo. 
Silencio en todo el edificio. 
Ruidos en mi cabeza. Ruidos en la cabeza de ella. Ruidos en la cabeza del golpeador. 
Hay un pelado que ronca como buen justiciero.

domingo, 21 de febrero de 2016

Eructás

VAN negra con detalles de calaveras pintadas con aerógrafo. Yo voy conduciéndola y vamos muy rápido. Tengo mi panza al aire y llevo puesto uno de esos cascos con tubos para tomar birras. Bebo, bebo y bebo mientras suena Motörhead. Mis flotadores,la poesía de la grasitud de mi cuerpo, se escapan por los costados de mi remera repleta de migas de Doritos. Sí, voy casi acostado en el asiento y eso hace que mi panza salga triunfante en la derrota de mis padres.
Muerte a mis padres.
Mi piel no tiene brillos, pero sí manchas.
Manchas, grasa, pelos, sudor.
Hace rato que tratas de decirme algo. Gritabas y me importaba una mierda.
De atrás vuela un bebé recién nacido que impacta en el parabrisas y cae en el asiento del acompañante. El cordón umbilical deja salir algo mucoso y sangre. La criatura solo hizo un ruido seco al golpear el vidrio y luego cayó ahí. Jamás lloró ni nada. No se mueve.
Miro por el retrovisor. Me gritas: "ahí está tu hijo, pelotudo. Saludalo".
Veo tu papada y tus brazos gordos como jamones gigantescos cruzados frente a tu pecho.
Eructás.
Mierda. Todo huele a mortadela de golpe.
Si viviese...—te digo—... Pobre... Tu hijo no tendría futuro.

viernes, 5 de febrero de 2016

Días vacíos

—A veces ella me llama para venir a trabajar algún sábado. Pero esa vez se equivocó...—empezó a contarme mientras desayunábamos en ese escritorio. Era uno de esos sábados y nos había tocado venir a trabajar a los dos. Yo tenía que terminar una conciliación bancaria, ella no sé, pero la cosa es que nos habían afectado.
Afectado, así lo llamaban en la gerencia. Y la verdad que lo era, perderse de salir un viernes. De la cerveza, de los amigos, de la novia. Eso era, realmente, estar afectado.
—Hubo una vez que me pasó mal la fecha de un turno que tenía que cubrir, no era sábado. Me dio una planilla con los días que yo debía entrar a trabajar, en ella decía 18 y el que la patrona necesitaba era, en realidad, el 16. ¡Uh! Ese día me llamó y gritaba «¡con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!». Me forzaba a ir, me metía presión, pero yo no podía. Tenía una fiesta, compromisos.
Al decir “fiesta”, se encogió de hombros, su voz tambaleó, como si fuese algo malo. Para mí, una fiesta puede ser realmente un compromiso ineludible. 
Ella siguió contándome del día que casi la echan por tener otra vida. Por como relataba el enojo de los jefes, aquello era un error muy grave. Me contaba y a veces dejaba de oírla, esa excusada suya al decir fiesta me hizo observarla como un zoologo a un animal. La veía muy indefensa, ella era bajita, morocha, de cara redonda, y muy sumisa. Tenía vergüenza, realmente, por haberse divertido, cuando ni siquiera era ella la del error. Creo que no era otra cosa que una celebración importante, un casamiento de un familiar o algo así. Ni siquiera carecía de significado y trasfondo su diversión. No era como las que yo añoraba esa mañana, la joda por la joda en sí. 
Terminamos de desayunar y fui a mi oficina. Pronto me encontré tapado de números y negándome al sol allá afuera. Maldito dinero. 
 «¡Con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!».
Esa frase se repetía en mi cabeza.
«¡Con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!».
Su hijo trabaja con nosotros. Cobra varias horas más que yo por semana. Por semana, aunque el número de horas que decía su recibo es el de las que efectivamente trabaja en el mes. Hace unos días, mientras todos estábamos tapados de trabajo, estuvo quince minutos en la oficina y se fue campante, inflando el pecho agrandado por ser un pelotudo mimado. Se iba a jugar un partido de fútbol.
«¡Con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!». «¿Cuál?», era la pregunta. Pero era un cuestionamiento fácil de resolver. Cualquiera con  apenas pensarlo un poquito, podría decir: «realmente lo hace. Debe necesitarse un esfuerzo muy grande el mantener un vago de hijo, cuando podría haber contratado a alguien que sí trabajara con más o menos un poco de eficiencia. Todas las tareas sin hacerse recaen en otros y así se genera una cadena de cosas sin resolverse». Recuerdo que yo tenía un amigo muy necesitado de trabajo, y con capacidades para resolver situaciones. Los lazos de familia siguen entorpeciendo el futuro de muchas empresas.
Por suerte ese sábado apareció la contadora que nos llevaba los libros, era una persona muy risueña como para tener esa profesión. Conozco tres o cuatro contadores que son así. Los miro y me siento un antropólogo, los estudio. No entiendo como la risa emerge debajo de tanto formulario de AFIP, de tanto Balance General y toda esa mierda. Por eso los admiro, porque ríen en serio y con ganas, aún pese a todo eso. Me saco el sombrero, realmente. Y es por eso que me encantaba trabajar con ella. De no estar ella ahí, me hubiesen pesado tanto las ojeras que probablemente se enrollarían en el suelo de tanto caer. Pero el ambiente era distinto, hablamos de comida china y las horas de trabajo se pasaron en un santiamén.
Por la tarde, cuando terminó la jornada laboral. Salí y dí un paseo antes de volver a casa. Estaba aburrido y decidí vaguear un poco. Así fue que mis pasos me llevaron a una iglesia. En ella vi sentado en la escalinata a un hombre que leía con la cara pegada al diario que sostenía en sus mugrosas manos. La reputa miopía. Los feligreses empezaron a salir y yo más o menos los calculé de ojo: eran muchos. Con $10 por pera, más o menos, le comprábamos unos anteojos. Pero fluían, fluían y fluían. Salían disparados, todos atropellados a sus autos, sin sonreír. Estaban apurados de rajar del martirio, estoy seguro que estar en misa les resultaba un martirio, pero iban igual. Tardaron unos dos minutos en ser un puñado y yo tenía que recalcular la cuota-parte que nos tocaba a cada uno para pagarle los lentes al hombre que tenía el diario a sólo 3 centímetros de la nariz. La cosa, segundo a ssegundo, se volvía cada vez más cara, de $10 pasaron a solucionarse sus problemas con $20, luego con $40 y así hasta que sólo quedamos cinco o seis gatos locos, ya eran $100 o $150 por cada uno de nosotros. Pero sin embargo nunca organicé la colecta, sino que me acerqué y le dije:
—Yo también soy una mierda.
El tipo sin entender el porqué de mi declaración despegó los ojos del diario que leía. Me buscaba, pero por su mirada perdida, y por el esfuerzo de sus ojos y su frente, me dí cuenta que era al pedo sonreirle. No me veía un carajo.
Así que sonreí yo, aliviado de que nadie notara la bosta que era. Nadie más había notado lo que dije y me sentí protegido en el silencio. Me dí media vuelta y me fui, por supuesto, a la concha de la lora.

jueves, 15 de octubre de 2015

¿No vas a saludarme?

Quiero recordar como pasó todo esto. Necesito un segundo para repensar la vorágine que me trajo a este momento.
Concedido, por suerte.
El pasillo, el último recorrido hasta la puerta de ese, mi lugar en el mundo. Pasillo que normalmente podía ser recorrido en unos pocos pasos, pero que en ese momento era un eterno andar. Todas sus baldosas y las paredes me desesperaban. El cuerpo me dolía, el pulso me temblaba. Yo agonizaba.
Quería tan solo llegar y tirarme en la cama. Pero con lo mucho que me costaba andar, eso no parecía posible. Para mí, no alcanzar la puerta significaba que no llegaba nunca ese momento de paz.
En ese pasillo las esperanzas se transformaron en llamas que me quemaban con su combustible de ansiedad.
No, todo comenzó antes, desde el instante mismo en que me subí al colectivo apareció ese malestar que no fue sino acrecentándose minuto a minuto, hasta llegar a esa desesperación que en el pasillo era enorme.
Antes del pasillo, el vaivén del colectivo retorcía mi estómago y me hizo pensar que iba a vomitar. Me acomodé en el asiento y pude ver en los ojos de mi compañero de fila, en la mirada de aquel que debía sufrirme en el viaje, que yo no estaba bien.
Yo respiraba dificultosamente, sudaba. Yo me quejaba y agarraba el pecho. Yo trataba de contener el dolor. Yo creía volar en fiebre.
Él sólo me miraba de reojo cuando no podía refugiarse en su celular.
Al llegar al edificio, el pequeño ascensor me hizo temblar las piernas. Parecía que ellas se negaban a subir, que querían quedarse abajo, que no podían con la gravedad y que renunciaban a ser el Atlas del resto de mi cuerpo. Mis piernas anunciaron que no me iban a sostener más.
Yo trataba de darme ánimos: "Por fin, el colectivo", "por fin mi parada", "por fin el ascensor", "por fin el pasillo", "por fin la puerta de mi monoambiente. Pero, la verdad es que no pude decir “por fin mi cama, mi descanso”, porque simplemente no hubo paz.
—Hola —me dijo con su sonrisa maquiavélica.
—…
En ese momento, el bolo alimenticio inundó mi boca. Saboreé en ella a mi propio estómago, su bilis y sus sabores mezclados. Tragué, y la cara de disgusto fue imposible de ocultar.
Tenía miedo.
— ¡¿Qué?! ¡¿No vas a saludarme?! —Interpeló como si yo supiese a quien tenía que saludar.
Murmuré algo, pero era inútil. ¿Qué podía decirle yo a eso que me estaba interrogando? No tenía respuestas.
—Recuperate, dale, vamos.
— ¿Quién sos?
— Soy…
Movió las manos de un lado a otro, alzó la mirada, y así adiviné que buscaba la respuesta a mi pregunta.
De lo que dijo no entendí nada.
—Soy para vos. Eso soy. No soy quien, sino que soy para quien. “Soy”, no sé, no lo pensé nunca. No puedo huirle al hecho de tener que decir “soy” ahora. Pero porque vos lo planteaste, porque trato de hacerte entender algo a vos. A vos que sí sos. Yo no necesito entender nada, yo no soy pese a que te diga que soy. Yo no hablo de mí, porque conjugar el ser no me describe a mí. Yo no soy.
—Pero…
A decir verdad, temía saber lo que sucedía. A decir verdad, lo pensé. No sé si lo pensé en el pasillo, o antes, en el ascensor o el colectivo. Creo que fue en el colectivo. Creo que lo pensé cuando me miró por última vez el pibe de los auriculares y la camisa color crema. Sí, ahí, cuando yo me vi reflejado en la angustia que tenía él de verme a mí en el estado en el que yo me encontraba.
Solo que, a eso que pensé, lo pensé por un segundo. Luego no quise seguir en esa línea. Uno siempre corta de raíz a ese tipo de pensamientos. Pero ahora a esa idea la tenía en la cabeza de nuevo, tratando de entrar en mí, como si yo fuese el final de su pasillo, de su ascensor, de su colectivo, de su viaje.
—Pero... Sí, estás muerto. Eso pasa, estás muerto —dijo por fin.
— ¿Qué?
Ahí estaba de nuevo la idea. Me hacía frente en las palabras puestas en boca de eso que me hablaba.
—Dale, renunciá. Soy tu propia muerte. Sos tuyo y vos sos mío.
—Pero…
—Dale con los peros. ¿Pero qué?
—Pero no quiero.
—Pocos quieren.
—La puta madre. No, no quiero. Tengo mucho que hacer.
—¿Dejaste mucho para mañana? ¿Sos de los que posponen?
A su pregunta le siguieron unos “Ja-Ja” que me dolieron profundamente en el alma. El sarcasmo es lo único que podía agregar aún más dolor, y ahí estaba. Afloraba. Sarcasmo. “Ja-Ja”.
— Escuchame… Si encontrás una forma de no hacerme tuyo… Yo no tengo problema. En realidad… Yo no los tengo, no los tengo ya, ni los tendré después. Para que exista un problema tiene que existir un ser que los tenga, ¿no es así? Un yo que pueda sufrirlo. Es decir, en este caso, un vos. Solucioná ese asunto de morirte, y vemos…
Quise librarme de eso que estaba en mi habitación. Quise librarme de lo que no quería en mi vida. Quise librarme de morir y acepté la propuesta que flotaba en sus palabras.
—La concha de Dios… Andate…
— Bueno, pero… Te dije que soy tuyo y que vos sos mío, ¿no? Sí, es así, lo dije. La cosa es así: en este juego yo pertenezco a alguien, ¿se entiende?
Silencio breve.
—Uh, lo tengo que decir... Tenés, si querés que yo me vaya, tenés que hacerme de otro, ¿no crees?
Creo que suspiré.
Guiñó el ojo.
— Mirá, yo me voy a dar una vuelta hasta que me encajes a otro. ¿Dale? No tenés porqué bancarme. Es evidente que no me querés ni ver.
No puedo describir la desesperación que sufrí en ese momento. La muerte se fue, cerró la puerta. El dolor físico no estaba. Sea lo que sea que haya estado mal con mi cuerpo se fue con la muerte.
Tomé mi abrigo y salí.
La concha de Dios. ¡Cómo puteaba! Puteaba y caminaba sin rumbo fijo. Puteaba y me subía al bondi. Puteaba y me sentaba detrás de una viejita que iba sentada con otra viejita, que no era sino el espejo de ella misma.
Pobre, no le quedaba mucho. Lo supe. La vieja viajaba con su doppelgänger fatal.
En mi monoambiente estuvo el mío, y yo de alguna forma había salido con vida.
Mi cabeza daba vueltas. Temía encontrarme con mi propia muerte en cualquier momento y me cubría para que ella no me reconozca.
Me bajé en cualquier lado con un pensamiento fijo: Tenía que encajarle mi fin a otro.
Quería hacerlo. Quería vivir.
Me había bajado del colectivo en un parque, y allí vi a un hombre haciendo “running”. Juro que lo odié. Maldito saludable que rebosaba vitalidad. Quería que el muriese en lugar mío. Quería que le toque a él.
Y pasó. Su no ser lo alcanzó de un salto desde la nada.
Murió, en el momento mismo en que yo desee que lo hiciera.
Murió. La muerte llegó para él.
Y yo lo supe, no estaba balanceada la cosa. Le tocó mi muerte. Se hizo suya.
Pronto se acercaron otras personas. Lo habían visto caer y querían ayudarlo. Algunos trataban de reanimarlo. Yo sabía que era inútil. Yo lo sabía bien.
Uno de ellos llamaba a la ambulancia, y yo pensé en ahorrarle el crédito. Lo maté y los maté a todos. Sin dudarlo. Empecé a matar a esas personas. Las miraba y ellas morían. La muerte también atacaba a las aves en pleno vuelo, había infartado a un perro, había acabado con todos los de esa plaza y con los conductores de los autos. No importaba. Todo era caos. Todo moría alrededor mío. Y yo deseaba que todo muriese menos yo.
Los odiaba porque ellos tenían una vida por delante mientras que yo estaba al borde del abismo.
Pero por más que ellos caían, nunca, jamás, iba a lograr equilibrar las cosas.
Pronto se me acercó y me dijo.
— ¿Y?
—No logro quitarte de encima.
—No, solo hacés evidente la muerte de todos ellos. Por eso no doy estas oportunidades a menudo. ¡Mirá el quilombo que te mandaste! Te explico. No es que es una sola la muerte, pibe, y que si le toca a fulano ya está. No es así. Ellos mueren de tu muerte, pero que se transforma en la suya y ya no en la tuya. Tu muerte se les escapa a ellos. Nunca pasó que alguien muera por vos, ni va a pasar.
Te subiste al colectivo y viste a la muerte de la vieja. Viste que ella andaba cerca para ella, y pensaste en que vos me perdiste. Pero no era así. Sí, vos ya has sobrevivido a otros, incluso a alguno que otro de tus amigos o de tus familiares. Pero la muerte era solo “eso” cuando no era tuya, ¿no? “Eso” que les pasó a los otros, por más impacto que “eso” haya generado en “tu” vida. Era solo “eso”, una palabra en el diccionario, un hecho improbable. Pero yo, yo estoy siempre, es imposible liberarse por más que quieras hacer algo para evitarme. Hagas lo que hagas yo soy posible, así optes por lo que sea, por eso, o por eso otro, lo que sea. Hagas lo que hagas, estoy. La muerte, con vos jugó al trueque, ¿sí? Lo hice para divertirme y te hice ganar tiempo, che. Viviste de prestado, no sé, media hora, una hora, lo que sea. Ya no importa más. La muerte, tu muerte, se cansó. Vamos.
—No. Todavía me queda algo.
— ¡Ah, la mier…!
Pensé en la vida eterna, tenía que matar algo que no muriese jamás.
Ese era el mejor plan. La última carta que me quedaba y juro que, de puro idiota, pensé en Mirtha Legrand. ¡Lo hice en serio!, ¡Qué pelotudo! Quería matar algo eterno y pensé en ¡MIRTHA!
Pum. Miles de argentinos vieron en ese mismo momento como la diva golpeaba con su cara al plato, y como permanecía así, desparramada, sin vida. Nunca pudo terminar de decir la frase que había empezado. Los ojos se le fueron para arriba y su cuerpo se rindió.
¡Qué muerte hija de puta!
Se me cagaba de risa.
A mí, que sólo me había quedado con Dios y que por eso no me quedaba nada. A mí, que había querido pensar en el creador en lugar de en Mirtha no me quedaba nada.
Pero es que era al pedo. Hacía tiempo que había dejado de creer en algún tipo de Dios. Mirta murió porque yo quería buscarlo a él y estaba medio rústico con el tema o porque el ateísmo es tan dogmático como el creer y yo me negaba a la posibilidad de abrirme a la posibilidad de existencia de un Dios. Murió Mirtha porque ella era más real para mí que Dios. Quizás Nietzsche se me había adelantado y era cierto que Dios había muerto.
Pobre Mirtha.
Al final me rendí y así llegamos al punto donde estoy ahora: Fatigado, con dolores y sintiéndome mal otra vez...
Y con la muerte a un paso, sonriéndome.