viernes, 5 de febrero de 2016

Días vacíos

—A veces ella me llama para venir a trabajar algún sábado. Pero esa vez se equivocó...—empezó a contarme mientras desayunábamos en ese escritorio. Era uno de esos sábados y nos había tocado venir a trabajar a los dos. Yo tenía que terminar una conciliación bancaria, ella no sé, pero la cosa es que nos habían afectado.
Afectado, así lo llamaban en la gerencia. Y la verdad que lo era, perderse de salir un viernes. De la cerveza, de los amigos, de la novia. Eso era, realmente, estar afectado.
—Hubo una vez que me pasó mal la fecha de un turno que tenía que cubrir, no era sábado. Me dio una planilla con los días que yo debía entrar a trabajar, en ella decía 18 y el que la patrona necesitaba era, en realidad, el 16. ¡Uh! Ese día me llamó y gritaba «¡con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!». Me forzaba a ir, me metía presión, pero yo no podía. Tenía una fiesta, compromisos.
Al decir “fiesta”, se encogió de hombros, su voz tambaleó, como si fuese algo malo. Para mí, una fiesta puede ser realmente un compromiso ineludible. 
Ella siguió contándome del día que casi la echan por tener otra vida. Por como relataba el enojo de los jefes, aquello era un error muy grave. Me contaba y a veces dejaba de oírla, esa excusada suya al decir fiesta me hizo observarla como un zoologo a un animal. La veía muy indefensa, ella era bajita, morocha, de cara redonda, y muy sumisa. Tenía vergüenza, realmente, por haberse divertido, cuando ni siquiera era ella la del error. Creo que no era otra cosa que una celebración importante, un casamiento de un familiar o algo así. Ni siquiera carecía de significado y trasfondo su diversión. No era como las que yo añoraba esa mañana, la joda por la joda en sí. 
Terminamos de desayunar y fui a mi oficina. Pronto me encontré tapado de números y negándome al sol allá afuera. Maldito dinero. 
 «¡Con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!».
Esa frase se repetía en mi cabeza.
«¡Con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!».
Su hijo trabaja con nosotros. Cobra varias horas más que yo por semana. Por semana, aunque el número de horas que decía su recibo es el de las que efectivamente trabaja en el mes. Hace unos días, mientras todos estábamos tapados de trabajo, estuvo quince minutos en la oficina y se fue campante, inflando el pecho agrandado por ser un pelotudo mimado. Se iba a jugar un partido de fútbol.
«¡Con el esfuerzo que yo hago para mantener esta empresa!». «¿Cuál?», era la pregunta. Pero era un cuestionamiento fácil de resolver. Cualquiera con  apenas pensarlo un poquito, podría decir: «realmente lo hace. Debe necesitarse un esfuerzo muy grande el mantener un vago de hijo, cuando podría haber contratado a alguien que sí trabajara con más o menos un poco de eficiencia. Todas las tareas sin hacerse recaen en otros y así se genera una cadena de cosas sin resolverse». Recuerdo que yo tenía un amigo muy necesitado de trabajo, y con capacidades para resolver situaciones. Los lazos de familia siguen entorpeciendo el futuro de muchas empresas.
Por suerte ese sábado apareció la contadora que nos llevaba los libros, era una persona muy risueña como para tener esa profesión. Conozco tres o cuatro contadores que son así. Los miro y me siento un antropólogo, los estudio. No entiendo como la risa emerge debajo de tanto formulario de AFIP, de tanto Balance General y toda esa mierda. Por eso los admiro, porque ríen en serio y con ganas, aún pese a todo eso. Me saco el sombrero, realmente. Y es por eso que me encantaba trabajar con ella. De no estar ella ahí, me hubiesen pesado tanto las ojeras que probablemente se enrollarían en el suelo de tanto caer. Pero el ambiente era distinto, hablamos de comida china y las horas de trabajo se pasaron en un santiamén.
Por la tarde, cuando terminó la jornada laboral. Salí y dí un paseo antes de volver a casa. Estaba aburrido y decidí vaguear un poco. Así fue que mis pasos me llevaron a una iglesia. En ella vi sentado en la escalinata a un hombre que leía con la cara pegada al diario que sostenía en sus mugrosas manos. La reputa miopía. Los feligreses empezaron a salir y yo más o menos los calculé de ojo: eran muchos. Con $10 por pera, más o menos, le comprábamos unos anteojos. Pero fluían, fluían y fluían. Salían disparados, todos atropellados a sus autos, sin sonreír. Estaban apurados de rajar del martirio, estoy seguro que estar en misa les resultaba un martirio, pero iban igual. Tardaron unos dos minutos en ser un puñado y yo tenía que recalcular la cuota-parte que nos tocaba a cada uno para pagarle los lentes al hombre que tenía el diario a sólo 3 centímetros de la nariz. La cosa, segundo a ssegundo, se volvía cada vez más cara, de $10 pasaron a solucionarse sus problemas con $20, luego con $40 y así hasta que sólo quedamos cinco o seis gatos locos, ya eran $100 o $150 por cada uno de nosotros. Pero sin embargo nunca organicé la colecta, sino que me acerqué y le dije:
—Yo también soy una mierda.
El tipo sin entender el porqué de mi declaración despegó los ojos del diario que leía. Me buscaba, pero por su mirada perdida, y por el esfuerzo de sus ojos y su frente, me dí cuenta que era al pedo sonreirle. No me veía un carajo.
Así que sonreí yo, aliviado de que nadie notara la bosta que era. Nadie más había notado lo que dije y me sentí protegido en el silencio. Me dí media vuelta y me fui, por supuesto, a la concha de la lora.