jueves, 15 de octubre de 2015

¿No vas a saludarme?

Quiero recordar como pasó todo esto. Necesito un segundo para repensar la vorágine que me trajo a este momento.
Concedido, por suerte.
El pasillo, el último recorrido hasta la puerta de ese, mi lugar en el mundo. Pasillo que normalmente podía ser recorrido en unos pocos pasos, pero que en ese momento era un eterno andar. Todas sus baldosas y las paredes me desesperaban. El cuerpo me dolía, el pulso me temblaba. Yo agonizaba.
Quería tan solo llegar y tirarme en la cama. Pero con lo mucho que me costaba andar, eso no parecía posible. Para mí, no alcanzar la puerta significaba que no llegaba nunca ese momento de paz.
En ese pasillo las esperanzas se transformaron en llamas que me quemaban con su combustible de ansiedad.
No, todo comenzó antes, desde el instante mismo en que me subí al colectivo apareció ese malestar que no fue sino acrecentándose minuto a minuto, hasta llegar a esa desesperación que en el pasillo era enorme.
Antes del pasillo, el vaivén del colectivo retorcía mi estómago y me hizo pensar que iba a vomitar. Me acomodé en el asiento y pude ver en los ojos de mi compañero de fila, en la mirada de aquel que debía sufrirme en el viaje, que yo no estaba bien.
Yo respiraba dificultosamente, sudaba. Yo me quejaba y agarraba el pecho. Yo trataba de contener el dolor. Yo creía volar en fiebre.
Él sólo me miraba de reojo cuando no podía refugiarse en su celular.
Al llegar al edificio, el pequeño ascensor me hizo temblar las piernas. Parecía que ellas se negaban a subir, que querían quedarse abajo, que no podían con la gravedad y que renunciaban a ser el Atlas del resto de mi cuerpo. Mis piernas anunciaron que no me iban a sostener más.
Yo trataba de darme ánimos: "Por fin, el colectivo", "por fin mi parada", "por fin el ascensor", "por fin el pasillo", "por fin la puerta de mi monoambiente. Pero, la verdad es que no pude decir “por fin mi cama, mi descanso”, porque simplemente no hubo paz.
—Hola —me dijo con su sonrisa maquiavélica.
—…
En ese momento, el bolo alimenticio inundó mi boca. Saboreé en ella a mi propio estómago, su bilis y sus sabores mezclados. Tragué, y la cara de disgusto fue imposible de ocultar.
Tenía miedo.
— ¡¿Qué?! ¡¿No vas a saludarme?! —Interpeló como si yo supiese a quien tenía que saludar.
Murmuré algo, pero era inútil. ¿Qué podía decirle yo a eso que me estaba interrogando? No tenía respuestas.
—Recuperate, dale, vamos.
— ¿Quién sos?
— Soy…
Movió las manos de un lado a otro, alzó la mirada, y así adiviné que buscaba la respuesta a mi pregunta.
De lo que dijo no entendí nada.
—Soy para vos. Eso soy. No soy quien, sino que soy para quien. “Soy”, no sé, no lo pensé nunca. No puedo huirle al hecho de tener que decir “soy” ahora. Pero porque vos lo planteaste, porque trato de hacerte entender algo a vos. A vos que sí sos. Yo no necesito entender nada, yo no soy pese a que te diga que soy. Yo no hablo de mí, porque conjugar el ser no me describe a mí. Yo no soy.
—Pero…
A decir verdad, temía saber lo que sucedía. A decir verdad, lo pensé. No sé si lo pensé en el pasillo, o antes, en el ascensor o el colectivo. Creo que fue en el colectivo. Creo que lo pensé cuando me miró por última vez el pibe de los auriculares y la camisa color crema. Sí, ahí, cuando yo me vi reflejado en la angustia que tenía él de verme a mí en el estado en el que yo me encontraba.
Solo que, a eso que pensé, lo pensé por un segundo. Luego no quise seguir en esa línea. Uno siempre corta de raíz a ese tipo de pensamientos. Pero ahora a esa idea la tenía en la cabeza de nuevo, tratando de entrar en mí, como si yo fuese el final de su pasillo, de su ascensor, de su colectivo, de su viaje.
—Pero... Sí, estás muerto. Eso pasa, estás muerto —dijo por fin.
— ¿Qué?
Ahí estaba de nuevo la idea. Me hacía frente en las palabras puestas en boca de eso que me hablaba.
—Dale, renunciá. Soy tu propia muerte. Sos tuyo y vos sos mío.
—Pero…
—Dale con los peros. ¿Pero qué?
—Pero no quiero.
—Pocos quieren.
—La puta madre. No, no quiero. Tengo mucho que hacer.
—¿Dejaste mucho para mañana? ¿Sos de los que posponen?
A su pregunta le siguieron unos “Ja-Ja” que me dolieron profundamente en el alma. El sarcasmo es lo único que podía agregar aún más dolor, y ahí estaba. Afloraba. Sarcasmo. “Ja-Ja”.
— Escuchame… Si encontrás una forma de no hacerme tuyo… Yo no tengo problema. En realidad… Yo no los tengo, no los tengo ya, ni los tendré después. Para que exista un problema tiene que existir un ser que los tenga, ¿no es así? Un yo que pueda sufrirlo. Es decir, en este caso, un vos. Solucioná ese asunto de morirte, y vemos…
Quise librarme de eso que estaba en mi habitación. Quise librarme de lo que no quería en mi vida. Quise librarme de morir y acepté la propuesta que flotaba en sus palabras.
—La concha de Dios… Andate…
— Bueno, pero… Te dije que soy tuyo y que vos sos mío, ¿no? Sí, es así, lo dije. La cosa es así: en este juego yo pertenezco a alguien, ¿se entiende?
Silencio breve.
—Uh, lo tengo que decir... Tenés, si querés que yo me vaya, tenés que hacerme de otro, ¿no crees?
Creo que suspiré.
Guiñó el ojo.
— Mirá, yo me voy a dar una vuelta hasta que me encajes a otro. ¿Dale? No tenés porqué bancarme. Es evidente que no me querés ni ver.
No puedo describir la desesperación que sufrí en ese momento. La muerte se fue, cerró la puerta. El dolor físico no estaba. Sea lo que sea que haya estado mal con mi cuerpo se fue con la muerte.
Tomé mi abrigo y salí.
La concha de Dios. ¡Cómo puteaba! Puteaba y caminaba sin rumbo fijo. Puteaba y me subía al bondi. Puteaba y me sentaba detrás de una viejita que iba sentada con otra viejita, que no era sino el espejo de ella misma.
Pobre, no le quedaba mucho. Lo supe. La vieja viajaba con su doppelgänger fatal.
En mi monoambiente estuvo el mío, y yo de alguna forma había salido con vida.
Mi cabeza daba vueltas. Temía encontrarme con mi propia muerte en cualquier momento y me cubría para que ella no me reconozca.
Me bajé en cualquier lado con un pensamiento fijo: Tenía que encajarle mi fin a otro.
Quería hacerlo. Quería vivir.
Me había bajado del colectivo en un parque, y allí vi a un hombre haciendo “running”. Juro que lo odié. Maldito saludable que rebosaba vitalidad. Quería que el muriese en lugar mío. Quería que le toque a él.
Y pasó. Su no ser lo alcanzó de un salto desde la nada.
Murió, en el momento mismo en que yo desee que lo hiciera.
Murió. La muerte llegó para él.
Y yo lo supe, no estaba balanceada la cosa. Le tocó mi muerte. Se hizo suya.
Pronto se acercaron otras personas. Lo habían visto caer y querían ayudarlo. Algunos trataban de reanimarlo. Yo sabía que era inútil. Yo lo sabía bien.
Uno de ellos llamaba a la ambulancia, y yo pensé en ahorrarle el crédito. Lo maté y los maté a todos. Sin dudarlo. Empecé a matar a esas personas. Las miraba y ellas morían. La muerte también atacaba a las aves en pleno vuelo, había infartado a un perro, había acabado con todos los de esa plaza y con los conductores de los autos. No importaba. Todo era caos. Todo moría alrededor mío. Y yo deseaba que todo muriese menos yo.
Los odiaba porque ellos tenían una vida por delante mientras que yo estaba al borde del abismo.
Pero por más que ellos caían, nunca, jamás, iba a lograr equilibrar las cosas.
Pronto se me acercó y me dijo.
— ¿Y?
—No logro quitarte de encima.
—No, solo hacés evidente la muerte de todos ellos. Por eso no doy estas oportunidades a menudo. ¡Mirá el quilombo que te mandaste! Te explico. No es que es una sola la muerte, pibe, y que si le toca a fulano ya está. No es así. Ellos mueren de tu muerte, pero que se transforma en la suya y ya no en la tuya. Tu muerte se les escapa a ellos. Nunca pasó que alguien muera por vos, ni va a pasar.
Te subiste al colectivo y viste a la muerte de la vieja. Viste que ella andaba cerca para ella, y pensaste en que vos me perdiste. Pero no era así. Sí, vos ya has sobrevivido a otros, incluso a alguno que otro de tus amigos o de tus familiares. Pero la muerte era solo “eso” cuando no era tuya, ¿no? “Eso” que les pasó a los otros, por más impacto que “eso” haya generado en “tu” vida. Era solo “eso”, una palabra en el diccionario, un hecho improbable. Pero yo, yo estoy siempre, es imposible liberarse por más que quieras hacer algo para evitarme. Hagas lo que hagas yo soy posible, así optes por lo que sea, por eso, o por eso otro, lo que sea. Hagas lo que hagas, estoy. La muerte, con vos jugó al trueque, ¿sí? Lo hice para divertirme y te hice ganar tiempo, che. Viviste de prestado, no sé, media hora, una hora, lo que sea. Ya no importa más. La muerte, tu muerte, se cansó. Vamos.
—No. Todavía me queda algo.
— ¡Ah, la mier…!
Pensé en la vida eterna, tenía que matar algo que no muriese jamás.
Ese era el mejor plan. La última carta que me quedaba y juro que, de puro idiota, pensé en Mirtha Legrand. ¡Lo hice en serio!, ¡Qué pelotudo! Quería matar algo eterno y pensé en ¡MIRTHA!
Pum. Miles de argentinos vieron en ese mismo momento como la diva golpeaba con su cara al plato, y como permanecía así, desparramada, sin vida. Nunca pudo terminar de decir la frase que había empezado. Los ojos se le fueron para arriba y su cuerpo se rindió.
¡Qué muerte hija de puta!
Se me cagaba de risa.
A mí, que sólo me había quedado con Dios y que por eso no me quedaba nada. A mí, que había querido pensar en el creador en lugar de en Mirtha no me quedaba nada.
Pero es que era al pedo. Hacía tiempo que había dejado de creer en algún tipo de Dios. Mirta murió porque yo quería buscarlo a él y estaba medio rústico con el tema o porque el ateísmo es tan dogmático como el creer y yo me negaba a la posibilidad de abrirme a la posibilidad de existencia de un Dios. Murió Mirtha porque ella era más real para mí que Dios. Quizás Nietzsche se me había adelantado y era cierto que Dios había muerto.
Pobre Mirtha.
Al final me rendí y así llegamos al punto donde estoy ahora: Fatigado, con dolores y sintiéndome mal otra vez...
Y con la muerte a un paso, sonriéndome.