jueves, 24 de septiembre de 2015

En el bondi

En el bondi.

De golpe se hizo el mundo. Estaba sentado en su asiento. Despatarrado, ya que no entraba bien. Estaba atrapado en su mente, mirando sin ver. Iba con los auriculares puestos para opacar al ruido del colectivo. Viajaba sin escuchar música pero porque leía mejor así. Y pensaba mejor así. Reflexionaba sobre Timothy Archer, el personaje de Philip K. Dick. El mundo afuera de él se estaba esfumando. Las veredas que el colectivo dejaba atrás en su recorrido no eran sino una neblina. Y es que su cerebro, al parecer, no procesaba ninguna de las imágenes de sus alrededores y todas las cosas transcurrían como si se hubiesen convertido en figuras apenas perceptibles por el astigmatismo mental en el que se hallaba.

Al menos hasta que levantó la mirada sin un porqué aparente, y ahí encontró su parada. Todo se materializó de repente, y él no se había preparado.

Ahí estaba el negocio que antes, cuando era nuevo en el barrio, había usado de referencia.

Quizás una parte de su cerebro no estaba tan dormido ni aislado del mundo que lo rodeaba y había reconocido donde se hallaba.

Otro, en su lugar, habría pegado un salto y al grito de «permiso», hubiese alertado al resto. Empujando, nervioso y apurado les hubiese comunicado todos, a topetazos brutos, que era un boludo. Pero él no, él prefería ser un boludo en silencio, un boludo para sí y nadie más. Sin perturbarse se levantó y avanzó despacio hacia el medio, buscando la salida.

Las puertas todavía estaban abiertas.

Miró hacia adelante y vio que la gente seguía ingresando al colectivo y eso le daba tiempo. Seguía vigente la oportunidad de bajarse y no caminar las seis cuadras que tendría que caminar si esperaba unos segundos adicionales.

Otro, en su lugar, se pondría nervioso y trataría de bajarse, y así otro boludo se hubiese revelado. Otro, él no, hubiese reclamado su audiencia para dejar en claro que calificaba como tarado. Él, en cambio, decidió que lo mejor era hacer como si nada, como si se bajara en la próxima parada (aún si ésta estaba lejos, acorde a su eterna pachorra). Sin titubeos, sin modificar su andar, se aproximó a la puerta y se puso justo detrás de una chica que se agarraba a uno de los caños verticales del interior del bondi. La mano, delicada como era, se colocaba arriba del timbre del colectivo. Justo donde él, con su cabeza vaya a saber dónde, fue a apoyar la suya.

¿Otra vez fue a pensar en Timothy Archer? ¿Justo ahí? ¿Otra vez en ese cura delirante?

Ella lo miró. Él apartó rápidamente su mano y quiso balbucear un «perdón», pero salió algo imperceptible.

No podía hablar mientras miraba al cercano piso de la vereda. Su vereda. No podía hacer arreglos fonéticos mientras trataba de retener sus pensamientos -¡qué importante era lo que Timothy Archer había dicho justo antes de cerrar el libro!-. Él no podía modular mientras se sentía estúpido por haberla tocado y mientras Philip K. Dick lo molestara.

Otra interrupción lo trajo de regreso.

Una vez más de regreso al plano donde quizás él sí se revelaba ante un público reducido a tan solo una mujer.

Hermoso público reducido, valía decir.

— ¿Bajás?— Preguntó ella.

—Bueno—, respondió él.

Ella lo miró extrañada, le cedió el paso y él de un salto se bajó del colectivo.

« ¿Bueno?, ¿por qué tuve que decir bueno?»

Aterrizó en la vereda sabiendo que quedó como gran un boludo radioactivo.

¿Y si me mudo con usted?

—Dígame— Dijo acomodándose mejor en el asiento de su lujoso auto. — ¿Y si me mudo con usted?, ¿facilitaría su investigación? 

Aquello lo tomó por sorpresa, pero no dudó. Sin perder el tiempo aceptó. Eso estaba enteramente relacionado con sus objetivos: podía vigilar al sospechoso y aprender de él. Pero además, ¡y por fin!, iba abandonar el anonimato.

Y eso era lo que más le importaba.

Por una misión de las suyas, un excéntrico millonario pretendía mudarse con él a su pequeño loft. Eso era tener nivel, ¿eh? Ya no iba a estar detrás de amantes, de maridos, de mujeres. Un millonario significaba la fama o la desdicha. Iba a marcar el rumbo de su vida. Si le iba bien, si descubría "turbiedades" en torno al magnate, iba a ser reconocido por todo el mundo, iba a estar involucrado en un escándalo y la prensa iba a ser buena. ¡Por Dios, muy buena!. Caso contrario, iba a encarnar el papel del bufón en el rubro detectivesco. Un arlequín, un Brighella, una comedia, su desastre. 

Así que, y así lo pensaba, bien es sabido que es mejor tener a los enemigos cerca.

Esa tarde empezaron los preparativos. Convino una hora con el magnate y, más tarde, ofició de guía a los asistentes del millonario. Ellos estaban allí para cerciorarse de que el loft, aunque despreciable en tamaño, era cómodo y estaba en condiciones para que lo habitara su señor.

Él paseaba, como un pavo sin mucha gracia pero con enorme orgullo. A los asistentes les enseñó el lugar como si estuviese extendiendo sus pocas plumas, su galantería. Luego de mostrarles las cómodas banquetas del desayunador y lo práctico de la cocina, que por el poco espacio estaba pegada a un costado de la puerta principal, se adentró más en el loft dando tan solo un paso. ¡Pero qué paso! Su porte bufonesca pretendió hacerles creer a los asistentes que ese paso en realidad no era uno, sino que eran muchos y que había recorrido así una enorme distancia. ¡Que cruzó su mansión!. Sin embargo, lejos de continuar el avance -el cual indicaría demostrarles a los asistentes que el espacio era reducido y que no había mucho-, se detuvo, aunque mostrándose contento. Haciendo histriónicos ademanes, les enseñó un sillón grande que ocupaba mucho espacio. «He aquí la máquina de lectura», dijo, y luego se lanzó sobre él, cruzando las piernas y los brazos al aterrizar.

El resto de ese apartado del loft era completado por varios estantes. Todos ellos repletos de libros, los cuales también se apilaban en el piso. Eran muchos y de todos los tamaños. Había también un cuadro, para dar un tono más intelectual a esa zona de lectura.

Pese a los gestos del anfitrión, quien con sus ademanes invitó a los asistentes a ver la pila de libros, ellos no repararon en éstos. Casi en círculo conversaron y es que, a su juicio conjunto, el sillón no era apropiado para su jefe. Era feo, ocupaba espacio y no ambientaba bien.

Mejor se deshacían de él.

Rápidamente se opuso a sus visitantes. Era, después de todo, su “máquina” más preciada. Una materialización de lo que más le gustaba: Conocer, entender.

Así empezaron una puja por el destino del sillón. Puja que los asistentes pretendieron terminar abriendo una chequera y ofreciendo un gran monto para llevárselo. Se vio así mismo diciéndole a su ex mujer, la Señora Oswald, que hizo un gran negocio, que no era un estúpido después de todo. «Es el triple del precio que pagué por él», «estaba viejo, de todas formas». El recuerdo de ella lo molestó.

Rechazó la oferta inicial, y a las subas siguientes. Quería saber hasta donde podían llegar. Quería provocarlos a ellos y así, indirectamente, molestar a su futuro compañero de techo. Todos tienen su precio, pero éste no siempre se traduce en dinero.

Lo  que sucedió a continuación es que los asistentes se cansaron de negociar y se resignaron. Todos menos una mujer con una fuerte mirada de odio. La mujer sacó un puñal y lo clavó en el respaldo del sillón, rasgándolo mientras iba haciendo un tajo vertical. 

Mientras gritaba que se iba a deshacer de él. 

«Cueste lo que le cueste».

Del tajo y del puñal clavado en el sillón empezó a brotar sangre. Cada vez más y más sangre. Pronto el sillón se transformó en una masa sanguinolenta y carmesí que, si bien al principio conservó su forma, rápidamente se deshizo en un charco sobre la alfombra.

Lejos de terminar ahí, el charco de sangre empezó a prenderse fuego. El calor invadió a la habitación y el aire se volvió denso. Allí adentro todo olía a sulfuro.

Todos miraron.

Nadie dijo una sola palabra.

Todo sucedió rápido y cuando la última llama se apagó, la alfombra no mostró marca alguna. No estaba quemada ni manchada. En ella no se veía ni un rastro de lo que acababa de suceder.

La asistente, jocosa y desafiante, apretó el botón que cerraba el circuito del foco que pendía arriba al final de un largo cable, desnudo sin una lámpara. La habitación quedó así sin iluminación alguna. Las ventanas estaban cerradas, impidiendo el paso de los destellos de la tarde, ya que él quería sorprenderlos con la vista y había bajado las persianas, preparando así la sorpresa. 

Uno de los otros asistentes sacó un aparato de luz negra que llevaba oculto bajo su tapado oscuro. 

En el piso, la alfombra se iluminó fluorescente donde estuvo el charco de sangre. Allí se veía una figura verde y fantasmagórica. 

— ¿Ve? Aquí hubo un asesinato —dijo ella.

Él confirmó así su sospecha. Se estaba mudando con el mismísimo diablo.

—Menos mal—. Se escuchó y la luz del foco se encendió, iluminándolo todo.

Quien hablaba era Lucifer entrando por la puerta principal, cruzándola despacio, quitándose unos guantes.

—Yo tampoco hubiese puesto mi alma como garantía de ese sillón.

Ante la mirada que lo indagaba, agregó: 

—Entiéndame, no soy hombre de tratos simples.

Una pausa.

—Ahora, ¿en quién tengo que mudarme para deshacerme de esos libros?...—Su mirada reflejaba su victoria. —Ah, sí… Claro…

Detrás, la puerta principal se cerró con fuerza.

jueves, 10 de septiembre de 2015

En cualquiera

Yo estaba sentado en el pasto. El rocío que había caído horas antes mojaba mi culo, que desde hacía rato estaba frío. Sucede que yo soy un bicho de ciudad que no está acostumbrado al hecho de que el cielo condensa agua y de esta forma riega el pasto de noche. Me senté sin pensarlo y sin saber lo que iba a suceder. Para cuando sentí el agua en los cachetes, ya era tarde. Por suerte para mí, que soy de renegar mucho, me resigné rápidamente y no di más bola al asunto. En ese momento no me importaba nada, realmente. Estaba totalmente compenetrado con la ruta que tenía al frente mío, a unos trescientos metros más o menos. Veía pasar autos que, sorpresa mía, circulaban con frecuencia por ese tramo, y yo que pensaba que íbamos a estar solos. Me atrapaba la manera en como se extendían las luces que emanaban de sus faros, aunque para mí esas luces estaban quietas, suspendidas, permanentes, etéreas y eran los autos los que las borraban al pasar, verdaderos actores de una carnicería. Veía como las luces se proyectaban y se abrían al infinito, pero no porque provenían de los vehículos de los que de verdad surgían, sino que por el contrario, en lugar de salir desde el vehículo, caían a él, se achicaban, se aplastaban y siempre terminaban siendo devoradas por ellos. Era como si cada conductor guiara una máquina creada para borrar la luz del mundo, de la noche, una matanza. Odiaba a esa gente que simplemente pasaba por ahí, con sus faros para no dejar de ver, alumbrando la ruta de forma momentánea. Pensaba que, quizás, sin ellos, las luces serían una especie de eterno rectángulo de iluminación en mi campo visual. Oscuro arriba, donde ellas no llegaban y totalmente luminoso por debajo. En este escenario, los automóviles ejercían una especie de fuerza de atracción, una fuerza de gravedad, ellos eran agujeros negros en movimiento que capturaban las luces y las doblaban formando una parábola de fotones que era consumida por los faros.

Y así estuve, quieto, viendo pasar vehículos por la ruta que tenía en frente. Mascullando si debía intervenir o no. Ignorándolo todo, a mi culo mojado, al frío de la noche. Estaba meditando en eso. Necesitaba urdir un plan para acabar con tanta opresión. No sabía como iba a hacerlo, pero creía firmemente que iba a hallar alguna manera de explicarme que lo que pensé, realmente sucedía. Tenía que ver de qué forma pasaba que los autos no eran máquinas sino fuentes de singularidades físicas y blablabla. Agujeros negros de mierda con ruido de motor, que circulaban por la noche, apagando al mundo de a ratos.

Cuando me levanté y me dirigí hacia la ruta, empecé, casi sin saberlo a caminar por el agua. En mi estado, tan compenetrado como estaba, había ignorado al pequeño lago que se interponía entre la ruta y yo.

El secreto de Jesús había sido revelado.

El hijo de puta y yo ignorábamos al agua en estado líquido, y esa ignorancia garantizaba nuestro éxito y así podíamos avanzar sobre ella como si hubiese estado congelada. Él debe haber tenido una capacidad de abstracción muy grande, y yo estaba completamente drogado por esos hongos de mierda, atraído por las luces de la ruta, y me había olvidado de ella por completo.

Al caminar sobre su superficie, el agua debajo mío crujía como un vidrio y se fragmentaba formando figuras debajo de mis pies. Estas formas se ramificaban como las líneas que se forman en los parabrisas cuando se rajan y no se parten. Y, casi al instante en que se dibujaban esos patrones, esa telaraña de fragmentos y grietas se unía de nuevo, como si el agua se curara de una herida con magia.

Yo estaba asombrado. El suelo debajo mío se quebraba, luego sanaba y acto seguido creaba, debajo de mis pies, unas ondas que volvían viscoso al asunto de caminar, como si avanzara sobre un colchón. Un colchón de rayos y de cielo espejado. Las ondas se extendían en todas las direcciones y chocaban con las del paso anterior y, perdonen la expresión, todo se volvía más flashero que la mierda.

Empecé a correr y para regocijo mío el efecto era aún más increíble. Era una fiesta para mi cerebro de yonki. Me importaban tres carajos las luces y los autos. ¡Eran luces y autos, yo era el Usain Bolt del nuevo testamento!

Salté, corrí, y hasta me tiré de pecho, deslizándome unos metros.

Jesús había caminado por el agua, yo lo convertí en arte.

Lástima que el agua igual mojaba y que hacía un frío de cagarse ahí.

Me sentía un pelotudo. Por el rechinar de dientes tenía que volver a la orilla. Pero no quería que eso terminara.

Cerré los ojos y avancé.

No supe hacia donde. Yo corría, asombrado, al cerrar los ojos creía que iba a caer. Correr sobre una cama elástica es una tarea difícil. Pero, luego de cierto paso, todo endureció al rededor mío. Seguí corriendo y el suelo era firme. De momento a otro volví a abrir los ojos, y me encontré en tierra firme, parado a metros de la orilla, pero del otro lado. Temblaba. Sentí un cansancio enorme y me desplomé de nuevo en el pasto. Las hierbas, largas, llegaron a cubrirme unos cuantos centímetros. Pero muy pocos, uno o dos por encima de la nariz. Me quedé unos segundos mirando fractales, hasta que una presencia me molestó mucho. Había un duende vegetal o un hechicero de hierba, no sé qué mierda era, pero de reojo no se veía nada amigable. Me levanté bruscamente, pese a mi cansancio. Estudié el lugar donde me había acostado, pero no lo encontré. Giré la cabeza en todas las direcciones y no apareció. Volví a desplomarme. Estaba nervioso y no podía relajarme. Pensé que si miraba al cielo nuevamente el duende aparecería, y fue así. Al principio no pude sentirme más estúpido cuando resultó que era un pequeño pastito, largo, que me había hecho pensar en un sombrero de duende o mago. Pero pronto me sentí acompañado. Su presencia ahí era más amistosa que cualquier perro del mundo. Creía que si te caías de espalda sobre él, después no te andaba picando.

Solo que no quería probar mi teoría porque temía matarlo.

Nos hicimos amigos rápidamente. Charlamos sobre nada, absolutamente nada, y podíamos haber seguido así si una estrella no me hubiese llamado la atención. Mi amigo pasto señaló las otras estrellas a su alrededor y me dijo: «La que ves es Antares y tiene toda una constelación ahí. ¿La ves? La que tiene forma de gancho, de signo de pregunta.». «Sí», dije yo. «Esa es Scorpio. Solamente tendrías que encontrar las pinzas del alacrán». Me encantó la idea y no tardé nada en encontrarlas. Una enorme euforia me sacudió de pies a cabeza. «¡Uh! Sí, ¡ya las veo! ¡Qué bueno!». La constelación estaba sobre lo que parecían sombras de cerros de estructuras o estructuras de cerros, no sé.

En mi estado todo podía ser cualquier cosa. Ahora entiendo la frase «Estoy en cualquiera». Es como si uno habitara un nuevo mundo donde nada es y todo es al mismo tiempo. Lo onírico existe.

Y del ensueño al sueño sin que me hubiese dado cuenta.

Al día siguiente desperté con hipotermia. Tosía y me costaba ver, yo existía detrás de las ojeras. Mis amigos me re puteaban y me hacían ver todo el barro que cubría mi cuerpo, notaba mi ropa pesada por el agua. Me decían que me había tirado al dique, que casi me muero, «¿a quién se le ocurre nadar drogado?», que era un pelotudo. Según ellos tuvieron que entrar al agua y agarrarme, pero que no ayudaba; dijeron que me sacudía y que a Roberto le rompí la nariz. Lo miré y tenía algunas curitas y, efectivamente, parecía haber sangrado. Me reí a carcajadas, pero me cortaron con más reproches: que Juan tenía toda la ropa mojada por mi culpa y que tuvo que dormir en bolas en su carpa, que me afanó la bolsa de dormir porque «con total yo estaba en cualquiera».

Pasado el susto inicial, la preocupación se convierte en burlas. Quizás como venganza. Se reían de mí y de como meaba todo a mi alrededor. No podía parar y eso que estaba deshidratado.

Gracias a sus aportes empecé a recordar todo el mambo y se me ocurrió buscar a mi amigo pasto. Estaba claro que era imposible de encontrarlo entre todo el césped que había en el lugar.

Sin embargo, y por suerte para mí, no tardé nada en hallarlo. Lo vi y era un puto duende verde de clorofilia. Era igual a lo que cualquier humano imaginaría si le digo que en algún lugar del planeta había un pedazo de hierba, de pastito, que parecía tener cuerpo verde cubierto de esos ropajes verdes como Gandalf o Mickey en Fantasía y hasta el sombrero con puntas. Verde.

Quise creer que me sonreía.

Me tiré al dique para sacarme todo el barro. Busqué una toalla y me sequé mientras tosía. Mi carpa estaba totalmente limpia, ¡y claro! Ni había dormido en ella. Me tiré un rato. Me sentía como nuevo, aunque usado.

Más tarde comí empanadas a la orilla de algún río, enamorado de mis pensamientos sobre luces devoradas por autos.