viernes, 9 de enero de 2015

Pulseadita china

Estábamos sentados frente a frente, separados por una mesa en la que reposaban migas de varias facturas que habíamos comido los dos. Nos mirábamos fijamente, con picardía y nos desafiábamos esbozando la mejor sonrisa que cada uno tenía para la situación. Colocamos nuestros codos en las mesas y entrelazamos las manos. Esta vez no lo hicimos como cuando caminamos con ella. que cruzamos los dedos, intercalando los suyos con los míos. Simplemente abrazamos la mano del otro, cerrando nuestros puños y alzando los pulgares. La pulseadita china estaba por comenzar.
Ella empezó a contar para atrás «10... 9... 8...», y yo me perdí en la idea de que si este juego era invento de ellos, de los chinos, entonces debían de ser bastante maricones. Mirá que pulsear con los pulgares... ¡Qué pussys!
Ella seguía con la regresión numérica y cuando llegó al uno me devolvió a la realidad. Ahí, nuestros dedos danzaron, mientras buscaban atraparse. Piboteaban, intentando alcanzar el momento en que uno de los dos pueda cazar y aplastar al otro.
¡Pero el horror!
El horror, para mí, era inmenso.
El pulgar de ella, en lugar de quedar erguido como el mío, contaba con mayor flexibilidad y contaba con una extraña articulación luego del metacarpio. Esto le permitía que sus falanges dibujaran una «L» invertida y curva hacia atrás, resultando inalcanzable para mi pobre dedo que, aunque era más largo, aún así era inútil para atrapar ese pulgar que desafiaba toda lógica.
Yo carecía de ventajas.
El primer round fue agobiante, yo tenía que recostar mi pulgar en la lona del ring representada por nuestras manos entrelazadas, y así esperar el momento indicado. Tenía que logra ren poco tiempo una serie de acciones que consistían en actuar cuando ella atacara para moverme con rapidez, escapar de su presión, atrapar su dedo -que ya estaría al alcance del mío- y apretar fuerte para que no se escapara. Pero por más que yo intentaba, la cosa no me salía así. Ella siempre lograba erguir el dedo más rápido de lo que yo podía completar mis movimientos. Mi pulgar simplemente llegaba tarde.
Lo peor fue que en uno de mis esfuerzos por lograr mi plan, ella logró dar con mi dedo y lo capturó con el suyo, presionando eficazmente.
Ella contó y contó.
El dolor de la derrota inminente aumentaba porque además de tenerme bajo su dominio, ella lastimaba mis otros dedos con sus uñas, y es que, sin saberlo, ella las clavaba como zarpas. Éste dolor podía más conmigo que la presión de su pulgar.
Yo cedí.
El round era suyo.
Protesté. Le dije que hacía trampa y ella tuvo la idea de poner un pañuelo entre nuestras manos «ya que yo también la estaba lastimando». Yo no podía creerlo. Yo tengo mis uñas al ras. Ella debía estar reclamando para no quedar mal.
Encontramos una servilleta y la usamos y dimos rienda suelda al round dos que estaba por comenzar.
Cuando volví a la acción, yo estaba nervioso. Ese dedo suyo, largo, flaco y ventajoso se me escapaba. Yo lanzaba mis ataques pero éstos pasaban varios centímetros delante de sus falanges y eran completamente inútiles. Era completamente improductivo tratar de abatir su dedo subiendo con el mío desde la base, para intentar rodearlo. Yo carecía de la elasticidad  necesaria y ella sólo tenía que llevar su dedo para sí y zafaba completamente. El sudor frío recorría mi espalda y mi cara debía de reflejar la preocupación. También en ese momento, y nublado por la obsesión, dejé escapar un momento de debilidad en uno de mis ataques mientras intentaba atrapar su dedo y lanzarlo contra un costado. Ella lo supo, reaccionó y el cazador cayó cazado. Contó de nuevo y me ganó. Era obvio, yo no quería repetir la escena anterior, es decir el plan del primer round, pero me veía obligado: yo tenía que atraer su pulgar hacía mí y atraparlo. Tenía que encontrar el modo.
Quedaban tres rounds más, pero si ganaba el que venía el juego era suyo.
¡¿Qué podía hacer yo?!
Cuando nos enfrentamos en el tercero, su confianza era enorme, había descubierto la ventaja de su pulgar y simplemente lo mantenía erguido, aunque curvo hacia atrás, hacia ella, esperando que el mío se recostara en nuestras manos. Así lo hice. No me quedaba otra, era buscar la suerte o renunciar y yo no iba a perder por abandono. Sin embargo, esta vez fue distinto, en el primer round yo había tumbado mi dedo apoyándolo en mi mano. No sé porqué, una cuestión de tacto, quizás. En este combate yo lo recliné contra su mano y lo dejé ahí, esperando. Cuando ella reaccionó, lo atrapó, pero yo contaba con mayor libertad de movimiento y pude zafar hacia un costado, trayéndolo un poco para afuera y hacia mí. No pude agarrar el suyo, presionarlo y contar. Pero... ¡Era lo que tenía que hacer!
Respiré hondo y le hice el amague de reclinar mi pulgar hacia mi mano, ella se preparó, pero me fui contra la suya y lo dejé ahí. Ella, sedienta de triunfo, fue y cayó en la emboscada. Esta vez, yo era el que tenía la ventaja y el que no perdonaba en la cuenta regresiva.
—¡Cero! —grité y salté. Tomé la cerveza que estaba al lado mío y bebí un trago largo de satisfacción.
Ella seguía agrandada y me dijo que había sido suerte. Pero yo sabía que no y también que podía llegar a ganar los dos rounds restantes.
El cuarto round pasó como el tercero y el empate la preocupó. Ésta vez era yo el que tenía confianza. El que ensanchaba el pecho operado.
Y, por fin, luego de tanto, llegó el quinto round y el último. Los dos estábamos bastante conectados con lo que sucedía y, sin mediar palabra, nos miramos por última vez a los ojos, antes de volver a la lucha.
Ya en combate intenté hacer lo mismo, aferrarme a mi estrategia, pero cuando ella cayó en mi trampa y se lanzó a atraparme con su pulgar, las cosas no salieron bien, yo no pude hacer mi dedo gordo para un costado como antes. La presión que ella ejercía no me dejaba zafar. Estuve a punto de perder, algo tenía que estar pasando. Algo malo, era imposible. Miré con desesperación, mientras ella contaba, y noté que ella estaba desarmando ese abrazo de nuestros puños y era eso lo que le estaba dando ventaja. Protesté y comenzamos de nuevo.
En este nuevo round yo estaba distraído. No podía dejar de pensar en que quizás haga lo mismo, y en lugar de enfocarme en nuestros pulgares, me perdía tratando de ver si ella repetía lo del combate anterior. Así me dejé estar. Ella con un raro movimiento me atrapó, llevó mi pulgar hacia abajo, creyendo que me doblegaba. Pero la presión fue nula. Mi dedo se escapó y quedó a la altura justa para volver al ataque,  y en una rápida acción apresé el suyo justo en la unión de las dos falanges. Parecía una rara llave de, no sé, ju jitsu para dedos, o cualquier otro arte marcial para manos. No parecía un juego con mi novia.
Yo conté, casi con desesperación, porque su dedo debajo mío se movía y se movía. Estaba a punto de escaparse. No se rendía.
Hubo un momento de silencio.
Hubo una tensión enorme que parecía apelmazarse entre ambos. Condensaba en el ambiente y la temperatura aumentaba.
«Cinco...»
No quería apurarme, para que no dijera que yo hacía trampa.
«Cuatro...»
Podía sentir como la uña raspaba debajo mío, quizás lastimaba su mano.
«Tres...»
¿Debía dejarla ir?
«Dos...»
No, no iba a titubear. No iba a aflojar.
«Uno...»
Su pulgar estaba a dos milímetros de salirse.
«¡Cero!»
¡Llegué a cero! ¡Gané!.
Mi dedo era Rocky. ¡Lo era! Estoy seguro que mi pulgar gritaba «¡Adrian!», y lo hacía todo golpeado, herido y cansado.
Yo estaba transpirado, exhausto y quería irme a dormir.
Malditos chinos y sus pulseadas.