domingo, 26 de octubre de 2014

Grafos

Grafos
(Por Rafael Bustamante)

Es invierno y estamos en Rosario. Paseamos por la ciudad en uno de nuestros últimos días en ella. Es una tarde azul, diáfana y sin tanto frío, la verdad es que la ciudad nos trata bien, bastante bien. Estamos acá y ya casi se cumple una semana desde que llegamos. Vinimos porque con mi novia habíamos decidido hacer realidad los planes de viajar. Queríamos ser de esas parejas con proyectos y habíamos estado ahorrando para recorrer el país desde que cumplimos un año. Rosario de Santa Fe y sus alrededores nos ha gustado. Recorrimos mucho, visitamos sus centros culturales, al Castagnino y vivimos su noche. Vimos bandas de todo tipo, especialmente en lugares como Morena Bar o Bon Scott.

Hoy caminamos por las calles céntricas en busca de discos para comprar. «Hace mucho que no tengo un CD nuevo», me dijo ella y por eso decidimos visitar disquerías para revertir esa situación. Caminamos por horas y horas hasta encontrar el sitio donde estamos ahora. Fue medio un parto la caminata, porque antes de llegar aquí, recorrimos lugares y pasamos los dedos señalando entre filas y filas y pilas y pilas de discos, pero no aparecía nada de los que de verdad nos llaman la atención, apenas algunos que por ahí compraríamos si tuviésemos recursos menos limitados.

Por suerte para ambos, siempre está el hueco disquero donde se compran y venden álbumes mucho más interesantes que en un puto Musimundo. Y aquí, en este antro, encontramos un disco de Philm. Está bastante caro, pero yo no había caminado tanto para no comprarlo. Estamos chochos, muy felices. Philm tiene un lado sentimental para la pareja debido a una noche nos quedamos en mi casa, sin salir a ninguna parte, juntos y su primer disco generó un clima ideal.

Lo abrimos, queremos ver el arte dentro del álbum. Es justamente el Harmonic y está algo usado, pero no nos importa ya que la compra se ha vuelto más interesante aún: miramos el cd y puedo jurar que ambos estamos viendo al mismo sitio. Yo no la miro de reojo, pero lo sé. Nuestras manos, inquietas, lo confirman. Van al mismo lugar. Nos ha llamado la atención ese papelito que se encuentra atrapado debajo del cd y que apenas asoma.

Lo toma ella con su mano derecha. Mano de dedos largos y de uñas pintadas de negro, todas ellas de negro excepto una, porque la que pertenece al dedo anular tiene otro color totalmente distinto, él presume un celeste. Esa manera de usar el esmalte es su marca personal, y es una tontera, pero me encanta. Lo sé porque por un rato el papelito pasa a segundo plano y me siento afortunado de tenerla conmigo.

—Tiene algo escrito—, me dice Agostina.

Es un papelito blanco, un fragmento de una hoja cuadriculada que desentona con los puntitos en patrón del cd. Agostina lo toma y lo desdobla. Pudo ver la marca de la lapicera azul y le generó curiosidad el mensaje que puede contener.

«En Córdoba, bajo el puente japonés, lo que se dibuja nace constantemente; baila, repitiendo sus pasos y muere una y otra vez».

—Gordo, ¿qué hay en Córdoba? ¿Sabes de esto?—

—No tengo ni la más pálida idea. ¿Querés que Córdoba sea nuestro próximo destino?

La verdad es que soy un “pussy”, como dicen mis amigos. El sólo hecho de verle esa cara que pone, con los ojos marrones clavados en mi mirada, ya me ha comprado y ya no puedo seguir hacia Corrientes. Menos mal, ¿quién va a Corrientes en invierno? Se nota su entusiasmo, su curiosidad, pone la boca en “o” y asiente.

—Bueno. Voy a pagar, mi amor—. Le digo.

—Dale, gordo—, dice y cruza la puerta para esperarme afuera del local. Va con el cd, leyendo la contratapa, repasando los temas, su respiración se dibuja en forma de pequeñas nubes en el aire helado. Yo quiero llegar al hostal y escucharlo en su portátil, tomando una sopa calentita. 

Salimos y volvemos a enfilar hacia la costanera, caminamos un rato y ni cuenta nos damos. Vamos por el Boulevard Oroño y pronto nos damos cuenta que estamos yendo al museo de Arte Contemporáneo. Todavía no lo habíamos visitado, así que rogamos estar en horario y que se pueda entrar. En Buenos Aires, una vez, nos pasó que la fila era demasiado larga y nos dejaron afuera. Habíamos hecho cola por alrededor de una hora. Por suerte esa vez terminamos viendo Dancing Mood gratis a sólo unas cuadras del museo. Pero no queríamos que esta vez nos pase lo mismo.

El museo con su fachada tubular y colorida aparece pronto. Y el resto del día nos la pasamos viendo las muestras que hay. Son obras espaciales, para observar en distintas perspectivas y en cada una de ellas cambia completamente la forma del objeto. Uno las rodea, el juego de luces también colabora. Agostina se detiene en cada paso, va despacito, se toma su tiempo. Cuando mira una obra estira el cuello, y observa cada detalle de la obra. Es graciosa cuando lo hace, porque parpadea de otra forma y estira los labios como si fuese a besar el aire. Yo lo paso bien, el arte me gusta y, de a ratos miro a mi novia, la atrapo haciendo esos gestos y ni le digo que se ve chistosa, simplemente me río para mis adentros.

—Los invito a salir—. Dice el guardia de golpe, sin saber que no sólo nos hecha del museo con eufemismos, sino que me ha hecho polvo la atmósfera de la tarde. No puedo no fusilarlo con la mirada, soy Castelli y él Liniers.

De mala gana, y extrañando ese pequeño mundo, salgo junto a mi novia. El resto del día lo pasamos bien tranquilos. Decidimos viajar a Córdoba lo antes posible y no queríamos salir de fiesta.

Por la letra del papelito, la persona que lo escribió seguro se dedicaba a pintar grafitis y yo tengo un gran amigo que también se dedica a eso y que justamente vive en la Ciudad de Córdoba. Isbelio, de alias Nutt entre los artistas callejeros, seguramente se prestaría a ser una especie de perito grafólogo para nosotros. El problema es que por la tarde estuve hablando con él y estaba a punto de ausentarse de la ciudad. Si nos quedábamos unos días más en Rosario, no lo encontraríamos. Teníamos que partir si queríamos saciar nuestra curiosidad.

Tenemos las mochilas listas y estamos yendo a la terminal de ómnibus. Agostina guarda en su billetera larga al papelito que encontramos ayer. Toma mi mano y por un rato apoya su cabeza en mi hombro mientras caminamos, hasta que le resulta incómodo. En la terminal compro dos boletos y nos sentamos a descansar y a librarnos del peso de nuestras mochilas de viajeros, abrazo a Agostina que tiembla.

El viaje transcurre sin sobresaltos. Las películas son una mierda.

Llegamos a Córdoba, y antes de buscar un lugar, nos contactamos con Chicho. Él no es Isbelio ni “Nutt” para mí, él es “Chicho” o “Matambrito” -pese a su condición de vegetariano-. Nos dice que nos quedemos tranquilos ya que podemos quedarnos en la casa de otro de mis amigos: Kumo. A Kumo lo conozco desde hace unos 15 años o más, desde cuando yo tenía 14 años creo. Y Agos lo conoció una vuelta en un verano en Necochea. Su viejo nos hizo una foto trucada en la que Agostina y yo abrazábamos a Quentin Tarantino.

Tomamos un taxi, y van pasando las cuadras. Yo voy pensando en el papelito y el puente japonés. ¿Qué será todo eso?, después de todo, nos vinimos solamente por un pedazo de árbol procesado.
Kumo baja, nos abre la puerta y me comenta que Gero –otro amigo- se fue y que podemos ocupar tranquilamente su habitación. Había algo de comida así que Agostina y yo devoramos, y al terminar cada uno se duchó.  Para cuando Chicho llega, ya tenemos un par de birras en el organismo. Kumo va por más y nos quedamos los tres.

—Mirá, Chicho—, dice Agos y le extiende el rectángulo cuadriculado.

— ¡Qué flashero, el puente!—, dice Chicho y comenta: —Es la letra de El Sano, así firma el yonki aquel.

—Pero, ¿qué es el puente, bro?—, le digo.

—Es un lugar que queda cerca de los bosques de amanita, en Villa Alpina. Nadie lo conoce, es un puente que mandó a hacer un “ponja” por algo de la familia, no sé. Está como en una especie de quebrada con una cueva que tampoco conoce nadie. El puente está justo cuando la quebrada termina y empieza la cueva, uno camina por entre las paredes y lo cruza porque hay un arroyo que sale como por magia de las piedras. El agua se filtra por una piedra, para luego atravesar otra, y no la erosiona. Es re loco el lugar. A veces vamos a pintarlo, pero las paredes son rarísimas. Absorben la pintura y cada tanto el lienzo se nos renueva, eso está bueno. 

Se queda un rato meditando.

— ¿Qué habrá hecho este limado? Vamos mañana, ¿dale? Lleven abrigo que va a estar helado.

Agostina abre los ojos y junta los labios creando ese beso al aire en su gesto de asombro,  asiente.
La noche transcurre escuchando un poco de todo. Jazz al principio y Tool justo antes de que salgamos. «Para ambientar la noche», decía Chicho.

Al día siguiente todo arranca de temprano y yo estoy con resaca. Un poco, casi ni pruebo bocado al desayunar, y tengo un ligero dolor de cabeza. Agostina, en cambio, está con todas las pilas puestas y se viste con lo más abrigado que tiene. Coloca los brazos extendidos y camina torpemente, jugando a que es un espantapájaros que no puede juntar las manos. Al rato salimos y llevamos cosas para pasar la noche. Olvidando la resaca digo: « ¿quién sabe?, habrá que cargar una Hesperidina». Por suerte para mí, dijeron que sí.

Vamos en una van de no sé quién y yo clavé una siesta. Creo que Agos también. Al llegar, los tres emprendemos una caminata por los bosques de pino con Chicho a la delantera. Vamos hablando de pelotudeces y repasando anécdotas, al menos hasta que nos topamos con la entrada magnífica de la hermosa quebrada que aparece en medio del bosque. La formación dista mucho de la Quebrada de las Conchas en Salta, por el tipo de roca y la cantidad de vegetación. Hay mucho moho, porque la humedad es alta. El ambiente es muy frío. Las temperaturas deben estar bajo cero.

Vamos caminando y Chicho señala lugares donde supuestamente ha pintado, pero es cierto, no hay rastro de sus trazos. En algunas rocas se ven dibujos y firmas y en principio me molestan, entiendo la curiosidad de los pibes por hacer sus grafitis ahí desde que conocen la historia del lugar. Pero el primero que osó rociar tan bello paisaje con pintura, para mí, es un completo pelotudo. Sin embargo no comento nada de lo que voy pensando y me limito a escuchar a Chicho.

Pronto llegamos al puente y del otro lado se puede ver la cueva. El puente es realmente al estilo japonés, en arco, con tres escalones al principio de la pasarela y dos barandales con motivos y ornamentaciones. Es marrón y bajo él corre graciosamente el arroyo que mencionaba mi amigo. Sale literalmente de las paredes, como si estas no estuviesen ahí y de la misma forma se pierde de nuevo por el otro lado de la quebrada, ignorando sus paredes y lo sólido de la roca. Lo único que desentonaba en esa imagen que construye el paisaje son las dos gruesas columnas de piedra que sostienen al puente.

No encontramos nada. Así que me voy a dar una vuelta para ver el arroyo y en mejor detalle las columnas que parecen de cemento. Son realmente toscas y horribles, podrían pertenecer a una fábrica o al edificio de AFIP que están la ciudad de Salta.

Rodeo al puente y las imágenes pintadas aparecen y se imponen. Todas ellas. Están en las columnas, en las rocas y bajo el puente. Grito. Chicho y mi novia vienen hacia donde estoy. Parecen asustados. Me doy cuenta que mi grito parecía más un llamado de socorro que un pedido de que se acercaran. Pero es que casi no puedo pensar. Todas las figuras que están delante de mí desentonan muchísimo más que las columnas. Están más allá que todos los grafitis del mundo. Ninguno de los tres, jamás en nuestras vidas, habíamos visto algo igual. Estamos prerplejos, con las bocas abiertas.

—Es un hijo de puta. El Sano, es un hijo de puta—. Repite Chicho y larga una risa nerviosa. Agostina no dice nada.

La primer imagen pintada en una de las columnas es la de una grieta, esta grieta se abre y de ella sale un personaje, una persona. La magia es que esto sucede así. El dibujo se mueve, está animado. Primero es un punto y este punto se va rajando en una cicatriz en la roca y de ella emerge un hombre desnudo. El personaje aparece primero luchando con sus manos hasta que abre la grieta y con dificultad vence su prisión. Luego empieza a subir –aunque para nosotros está en posición horizontal-. Al principio lo hace cruzando los brazos y elevando la cabeza, luego avanza, trepa apoyando su pecho en la piedra para ganar terreno a medidas que va arrastrándose ayudado por sus manos. La animación termina con el hombre luchando contra la gravedad con sus piernas intentando elevarlas. Cuando está afuera, vuelve a aparecer el punto, y todo sucede de nuevo. La roca está animada en stop motion. Parece un archivo gif.

La siguiente animación está en una piedra. El hombre baila alrededor de una fogata. Baila con una mujer y se funden en espirales. El trazo y todo el arte en este dibujo es distinto, el hombre, cuando emerge de la piedra presenta líneas como si estuviese dibujado en carbonilla con trazos lineales y muy marcados. Éste, en cambio, tiene colores y me hace pensar en Van Gogh.

Un tercer dibujo lo muestra luchando contra un demonio. El arte va mutando entre diversas manifestaciones. Para mí, que conozco poco y a partir de lo que mi novia estudia en su carrera –licenciatura en arte-, el grafiti en la pared de la columna del puente viaja por el cubismo de Carreño al surrealismo.

Cuando se llega al final del recorrido visual, el hombre está muriendo, se arrastra de nuevo pero esta vez bajo el puente. Pareciera pintado por El Greco, y a medida que se retuerce va perdiendo tanto sus colores, como su forma y lentamente se disuelve en un punto.

No sé en qué momento empezó a nevar, pero la nieve está cubriéndolo todo. Cae copiosamente a nuestro alrededor y no la notamos. La capa de nueve en el suelo lleva unos centímetros de espesor y lo sé ahora que siento mis pies helados porque mis zapatillas están totalmente cubiertas por ella. Estuvimos mucho tiempo parados ahí, sin poder creer lo que veíamos. Empecé a tocar las piedras para saber si había algún tipo de tecnología led, algún material, algo. Espero encontrar un detalle que se parezca, incluso, a esa cosa que recubría las reglas que teníamos en la primaria y que al moverlas parecía que sus dibujos cobraban vida, pero nada. Las piedras, el puente y las columnas estaban pintadas.

— ¿Por qué no le di más bola?—, Isbelio empezó a repetir.

Iba y venía, y de a ratos callaba. Agostina lo mira, va alternando su mirada entre Chicho y las pinturas.

— ¿Vos sabes lo que vale esto?—, le digo a ella. Y Chicho empieza a rabiar. Habla del lugar, de ponerle precio a las cosas, que el arte no se vende, de que esto se va a perder y parece discutir consigo mismo.

—Yo hice un comentario, nada más—, digo.

—No, no sabes nada. Pensás en el precio. Pero, ¿acaso estás viendo esto? Este tipo es un genio. Este tipo hizo algo acá, acá. En lugar de venderlo, de ponerlo en museos. ¡No! ¡Lo puso acá! Ustedes encontraron un papelito que los trajo, pero de seguro no son los únicos. Quizás el colocó otras pistas en otros lados, pero somos nosotros los que vinimos. La bola no se corrió y, quizás, él quiera que sea así. Pero, ¿hay dejar que se pierdan? Estas rocas van a absorberlas. Me parece un error. No estaría bueno que se pierdan, son realmente únicas. Podríamos llevarlas, tendríamos que llevarlas. Pero no, lo mejor puede ser que las dejemos. ¡No sé!

—No te entiendo—. Dice Agostina.

—Sí, se pueden vender en el mercado negro. Yo tengo contactos, yo conozco un tipo, seguro se pagan millones por esto. ¡Hasta en Tor lo podemos comercializar, si queremos! Pero es arte, y el arte no debe ser un producto de mercado. Todo es una mierda de mercado. No entienden la cuestión acá. Son dos boludos.

—Dejalo. Escuchalo, amor, él es un boludo. Da vueltas. Habla de dejar las pinturas acá, pero también las quiere llevar para que no se borren. Habla de su precio, de venderlas, ¡habla de usar Tor! Pero ni sabe qué hacer. Sólo quiere insultarnos. Su conciencia está dominada por frases con oxímoros.

Chicho no toma bien lo que digo. Me mira con rabia. Ya una vez se enojó conmigo y terminó pegándome una trompada. Fue en uno de mis cumpleaños, no recuerdo cual. Lo hizo porque, estando borracho se apoyó sobre un carbón que yo había encendido y pensó que yo lo había quemado a propósito. Yo en lugar de explicarle que él había pasado la mano por el carbón en un movimiento brusco, me dediqué a reírme y eso desencadenó su furia. Ahora está igual de enojado que esa vez, puedo notarlo.

 —Ya te lo dije una vez—, me dice, —sos un gil y lo sabés.

No entiendo lo que está sucediendo. De golpe se escuchó un estruendo, mi cuerpo se paraliza por un segundo y mi novia cae al piso dejando un hilo de sangre en el aire, parece una marioneta con sus cuerdas rotas, cayendo al no tener amarres. Para cuando me recupero del ruido del disparo, puedo verla tendida y yo ni siquiera pienso claramente. Estoy confundido, ¿corro hacia donde está él y trato de quitarle el arma o corro hacia donde está ella que puede estar todavía con vida? Pierdo tiempo que pude haber usado, me doy cuenta de esto y corro hacia ella. Chicho vuelve a dispararle. El cuerpo de mi novia se sacude por el nuevo impacto y la secuencia vuelve a repetirse: Chicho dispara de nuevo y el cuerpo de Agostina acusa el disparo elevando su torso unos centímetros, para volver a caer pesadamente. La sangre de ella se funde en los cristales de la nieve que sin saberlo se tiñen de la vida que a ella se le escapa. Lo miro a Chicho y él sonríe. Parece perdido aunque mira hacia donde está el cadáver de mi novia. Calmo, baja lentamente el arma y la coloca a un costado de su cuerpo. « ¿De dónde mierda sacó la pistola? ¿Por qué le dispara?». Llego al lado de Agostina, quiero que esté viva y por más que busco no hay señales de que ella respire, se fue. Mis ojos se nublan de lágrimas. Su campera blanca está llenándose del rojo que fluye por los orificios de bala, los cuales son tres, ¡tres tiros! Quiero tocarla, me arrodillo a un costado y la tomo. Su sangre no se detiene, ensucia mi ropa, mis manos y brazos que la sostienen. Pienso que Chicho está ahí y mi rabia aparece sin aviso. Paso del terror al odio y mis músculos se tensan. Ahora quiero matarlo yo a él. Pero, sin embargo, es Chicho quien toma la delantera. Pone su mano en mi hombro. Siento algo en mis dientes, es el arma, y no lucho. Así como vino, toda mi rabia se fue, Agostina no está y quizás esto que va a sucederme sea lo mejor. Todo pasa muy rápido.

—Brother—, me dice y dispara.

Días más tarde la policía nos encuentra a ambos tendidos. Nuestros cuerpos, juntos, forman una “T”. Yo yazco con las piernas dobladas, por haberme arrodillado, mi estómago está mirando al cielo y mis brazos caen a los costados. Agostina, en cambio, yace boca arriba tal y como la vi morir, con el pelo cubriéndole el rostro. Ya nunca más voy a ver esa cara tan preciosa, esas cejas y a ese mentón con el hoyuelo justo bajo esa boca grande que supo besarme. Según dice el parte forense: a mí me falta la mitad del cráneo. La otra parte está por todos lados. El arma del delito está tirada a unos cuantos centímetros a mi derecha, enterrada en la nieve. No tiene huellas, pero eso para ellos se explica por los guantes que llevo puestos, guantes que sí contienen restos de pólvora.

No hay huellas debido a la nieve. No hay rastros de Chicho.

La investigación es caratulada y se concluye que aquello que sucedió en el puente no se trataría de otra cosa más que de un caso de feminicidio seguido de suicidio.

A nuestro alrededor también faltan los grafitis.