miércoles, 23 de abril de 2014

El fantasma del General G.

No recuerdo porqué, pero empezamos a ir a ese lugar durante mucho tiempo. Todas las semanas íbamos y visitamos a una prostituta en el mismo burdel. Supongo que por eso éramos la comidilla de la ciudad. Salta es un infierno de chismes y los ojos de todos debieron centrarse en nosotros, casi sin lugar a dudas. No hay nada qué se les escape a los inquisidores modernos con tal de permitirse un momento de falsa superación moral. Deben de hablar todavía sobre nuestra falta de ética, sobre nuestra doble vida, sobre nuestra lujuria. Deben agregar todos los detalles habidos y por haber. Los imagino creándonos en sus cabezas como seres completamente entregados a los placeres, quizás hasta azotándonos con látigos, participando en orgías, desenvolviéndonos en esas relaciones homosexuales tan difíciles de aceptar y haciendo tantas otras cosas, infinitas, pervertidas. La imaginación y las pulsiones se sueltan sin piedad. Así funcionan las cabezas aburridas y  las lenguas libertinas.
Pero lo cierto es que no hicimos lo que la gente pensó que hacíamos. Íbamos con mi esposa todas las semanas a un burdel. Lo hicimos incansablemente durante años. No recuerdo cuando empezamos, ni sé por qué. Ana, mi mujer, entró de repente un día, cuando supuestamente habíamos salido a dar un paseo. La verdad, es que, mirando en retrospectiva, ese día ella avanzaba por las calles de la ciudad con absoluta resolución como para poner en tela de juicio si sabía, o no, a dónde íbamos. Estaba claro que sí. Volaba por las cuadras y doblaba en las esquinas sin titubear y, cuando llegamos a ese burdel en el centro, ella entró sin siquiera pensar en los ojos ajenos que la miraban. Yo la seguí sin vacilar y confieso que lo hice pensando erróneamente. Crucé el umbral soltando rienda a muchas fantasías que volaban como pájaros al abrir una jaula. Era uno de mis criticados. Entré detrás de ella con una sonrisa en la cara. Ana dijo que ella se encargaba de todo, de buscar a la prostituta y de conseguir la habitación. Confieso que esa primera vez fue terrible. Pasé de esperar con ansias un encuentro sexual con dos mujeres, a sorber mates con mucho odio hacia el mundo entero. Era el hombre más desgraciado que conocía en mi vida.
La prostituta era hermosa. Morocha. Normalmente usaba su cabello recogido, el cual se elevaba varios centímetros sobre su cabeza dejando escapar alguno de sus rulos. Al soltarlo la sensualidad de ese castaño me embriagaba tanto que, al principio, y por más que luego la quise sin desearla, me escondía de mi mujer para masturbarme. No podía quitármela de mis pensamientos. Por ella llegué a dar riendas al onanismo varias veces al día. Soñaba con soltarle el pelo en el momento que ella llegaba al orgasmo. Su belleza era sin igual. El cuello se afilaba al llegar a la cabeza. Su nariz respingaba y competía con lo felino de los ojos marrones. Su espalda era pequeña y parecía frágil. Podía imaginar la piel tersa alrededor de su columna. Puede que esa puta ella haya representado fielmente al concepto de belleza por el resto de mi vida.
Esa primera vez, al verla, la deseé tanto que el posterior dolor en mis testículos me doblaba, era irresistible, Dolía tanto que ni me dejaba caminar. Al volver a casa, casi sin poder permanecer erguido, llegué a odiar a mi mujer por no habernos acostado los tres. Pensé que me tomaba el pelo. Pensé que jugaba conmigo.
Esa noche peleamos. Busqué cualquier excusa. La odiaba.
Ana me pidió volver. Decidí ir, tenía curiosidad, quería ver de qué se trataba el asunto. Además quería ver a la prostituta cuyo nombre en ese entonces no recordaba, aunque, de solo desearlo, podía traer su aroma a mi mente con facilidad.
Esa vez tampoco pasó nada. Pero ya estaba preparado. Pensé que era un juego.
Con el tiempo y luego de acompañar a mi esposa varias veces más, me di cuenta que nunca íbamos a estar con ella como deseaba al principio. Y así fue que me acostumbré, me tranquilicé e incluso hoy en día hasta añoro lo que viví en esos años. Vimos a una chica y pagamos por hacerlo. La chica era una prostituta. Con ella tomamos mates, charlamos, bebimos, jugamos cartas y pasamos tardes realmente buenas. Siempre fue la misma mujer. Fuimos amigos, creo. Al menos ellas dos parecían cercanas y también creo que la prostituta llegó a quererme a mí. Lo cierto es que me trató bien, me sonrió con sinceridad, se interesó en las cosas que decía cuando era mi turno de hablar y no me sentí incómodo con ella la mayor parte de las veces, especialmente cuando logré superar lo del principio. Incluso hoy en día, después de todas mis vivencias, recuerdo su verdadero nombre: Carmen.
La verdad que la relación entre las mujeres, las que iniciaron esto, siempre fue un misterio. Las pocas veces que intenté descifrarlo fui blanco de miradas tan frías que convertían a la calidez del ambiente en un invierno insoportable y me estremecían por dentro, avergonzándome por preguntar siquiera. Al principio, me enfadaba, me sentía traicionado. Con el tiempo entendí que aquello les ocasionaba dolor y que la reacción de las mujeres era más bien defensiva, y que, por supuesto, yo era un egoísta por pretender satisfacer un capricho. No cambiaba en nada si sabía -o no- qué es lo que las vinculaba. Así que, como estuve cómodo con ellas todo ese tiempo y más aún, si se me permite hablar en presente, todavía las quiero, dejé de hacer preguntas y me dediqué a conversar y a pasar el rato. Estaba bueno compartir y nos hizo muy bien como pareja. Si tuvimos problemas, Carmen nos escuchó y nos ayudó a superar los obstáculos. Se puede decir que, aunque éramos muy unidos con Ana, gracias a Carmen mi relación fue feliz. Es curioso, luego de los problemas al inicio, debe ser el único caso donde una María Magdalena no destruyó a una pareja.
Ojalá todo hubiese sido así. Pero mi historia cambió de golpe un día por una enorme tragedia.
—Ave María Purísima— Me contaron que dijo el sacerdote que visitaba el burdel para ventilar a sus pecados capitales— ¡Tenemos que hacerlo ya! ¡Él está viniendo!
De haberlo oído, no hubiese sabido en ese momento qué era lo que teníamos que hacer, ni quien venía. De hecho, algunos no tuvimos tiempo de entender nada de lo que estaba pasando cuando aquello sucedió, y sufrimos las consecuencias. Todo lo entendimos cuando hubo culminado la masacre. Nos contaron después que el ánima cazaba pecadores, y que lo hacía con un ruido particular que sólo algunos llegaban a escuchar: el galope de su caballo. Pero, entonces, ¿por qué no todos lo oían? Durante años me lo pregunté, una y otra vez. El lugar era un prostíbulo, todos pecaban ahí.
El sacerdote y algunos otros, al contar con la ventaja de conocer sonido tan particular, corrieron y nos dejaron a nuestra merced. Mostraron una valentía sin precedentes. Todos temían al espíritu que no era otro que el del General Martín Miguel de Güemes. El ex gobernador salido de su tumba trajo al terror consigo al entrar al prostíbulo. Ese terror era el del todos contra todos, el del sálvese quien pueda, el de los gritos desesperados y el de las corridas con ojos abiertos. Ojos que quedaban así para siempre si es que Güemes te atrapaba con su sable. Dijeron que las cabezas decapitadas seguían mirando eternamente al momento de su muerte. Dijeron que no pudieron tapar sus miradas aterradas nunca más.
El General, en su expiación violenta de pecados, entró empujando con su caballo a una pareja, según contaron después algunas voces. Sucede que el burdel también era lugar de paso para amantes y estos infortunados estaban atravesando sus puertas en ese momento. De esos novios nadie supo a ciencia cierta si estaban entre los que sobrevivieron o si estaban entre los muertos. De vivir, quizás ni se animaron a contar lo que les pasó. Me dijeron que ella vestía de rojo, como muchas otras mujeres en esos días. También dijeron que ella voló contra la pared y su cráneo explotó en un carmesí de huesos, sangre y materia gris. Algunos aseguraron que antes de eso, el fantasma blandió su sable atravesándola por detrás al ingresar al edificio, y que luego la lanzó contra ese muro que tuvo que ser refregado con cepillos y lavandina para borrar el desastre. Recuerdo que una vez vi explotar una sandía podrida contra el suelo. La mancha de la explosión de una cabeza y la de una sandía, por lo que vi en esa pared, son similares, realmente. Espero que la verdad del asunto sea, lo que contaron otros, que ella no murió. Que por el contrario, ella saltó y se salvó, aunque su habla saltó con ella y se le fue para siempre. Eso sí, la mancha de sangre pertenece a otra persona, eso es lo espantoso. Del novio nadie supo nada. Pudo haber corrido, puede estar muerto, quedó en misterio.
Recuerdo que yo no estaba en la habitación cuando el vengativo Don Martín entró al edificio. Yo había ido a uno de los baños del burdel. Se me dejaba deambular tranquilo y el mate es un diurético terrible. Yo siempre trato de aguantar, pero esa vez tuve que abandonar la charla para vaciar mi vejiga. Fui afortunado, volvía del baño cuando escuché el galope real, que era ya el del espectro atacándonos. Con los pantalones abajo mi suerte pudo ser otra. Pude haber terminado mi historia decapitado y medio orinado, pero lo que sucedió fue que el fantasma me enfrentó cuando yo estaba en un pasillo muy estrecho de la casa. Al verlo, me congelé por un breve instante y su mirada sin ojos cruzó la mía, tomó las riendas, gritó y se lanzó en un torpe galope por el estrecho pasillo. Destruía todo a su paso. Huir por ahí era jugarse el pellejo en una nefasta carrera de obstáculos: el lugar estaba repleto de mesitas de hierro con mantelitos blancos, lámparas horribles que salían de las paredes, sillas de madera con asientos de paja y cuadros con fotos en blanco y negro de personas que quizás ya no existían o que podrían dejar de existir por el espíritu allí presente. Cuando corrí, experimenté terror hasta de los marcos cargados de molduras de aquellas fotos y cuadros. Saltaban de las paredes por el galope fantasma y tuve que cubrirme varias veces el rostro para que no me golpeen en su caída. El piso de madera crujía bajo mis pies y se rompía detrás de mí por las patas del caballo. Aquello anunciaba a la muerte, y ella estaba cada vez más cerca, toda para mí. El frío era intenso. Las paredes se manchaban de sangre, o lanzaban chispas para todos lados cuando con el filo del sable con aro de oro del General las lastimaba. Doblé en una esquina, entré a otro pasillo y uno de los dueños del burdel me tomó en plena carrera. Saltó, agarrándome en el vuelo y nos estrellamos en el piso de una habitación. De una patada cerró la puerta y el fantasma siguió de largo. El jinete reanimado de muerte y de vida, dejó su marca en las tablas que nos protegieron. La puerta estaba repleta de raspones, golpes y pedazos de madera sueltos. Y Güemes solo había pasado por ahí, ignorándola.
—Por poco no ti agarro—, me dijo quien en ese momento salvó mi vida. Casi ni lo escuché. — ¿'Tas bien, chango?—, se preocupó.
Yo no me liberaba del pánico. Éste me tenía preso de las costillas y por ende daba enormes bocanadas de aire. Corría, sin saberlo, el riesgo a desmayarme, y así sucedió.
Desperté. Por suerte desperté. Abrí los ojos sin siquiera saber mi nombre. Me incorporé como pude, estaba en la cama de la habitación de Carmen. Mi mujer estaba ahí, sonrió al verme y lloró desconsoladamente al abrazarme. Carmen se acercó también y me dio algo para beber.
—Muertos. Casi todos—, dijo pesadamente.
Esas palabras me arrebataron de la calidez del momento. No estaba siendo atendido porque sí. Me desmayé, esa era la verdad. Me desmayé porque corrí por mi vida, me desmayé porque los espíritus existen.
Me levanté de la cama. Salí al pasillo y lo recorrí. Había muertos por todos lados. La gente salió de las habitaciones por el bullicio y se encontró con un último respiro. Los había apuñalado, los había tajeado de varias formas. El único patrón seguro era la violencia. El espíritu había atropellado a un hombre con su caballo y una mujer soltó un alarido de terror al ver que era el último de los clientes que tuvo esa tarde. Reconocer ese rostro para ella fue demasiado, la aterrorizó aún más. Nunca pudo recuperarse y al poco tiempo se quitó la vida.
—Tendríamos que habernos preparado—. Volvió a decir el sacerdote.
— ¿Cómo?—, preguntó alguien que también lo había escuchado antes. Preguntaba con bronca. Había visto al sacerdote correr y esconderse.
—Cuando el fantasma de Don Martín Miguel aparece, el galope se anuncia primero. Es un trote desvanecido, que se escucha sin saber de dónde...
—Yo no lo oí— dijo una mujer.
—Ni yo— Se alzó la misma voz que preguntó primero, su enojo no se ocultaba.
—Ya lo harán si el vuelve por ustedes. Lo reconocerán. Uno busca por fuera, pero el galope no está ahí. Uno mira a los costados, el galope perturba. Uno busca en las calles, en las sombras. Pero el galope es de otra naturaleza. El galope no se oye con los oídos—. Su voz se hizo pesada y siguió. — Ese repiqueteo es una arenga sin palabras que nos convulsiona por dentro y que viene del mismísimo miedo. El General siempre fue reconocido por sus tácticas. ¡¿Cómo no va a jugar con el terror en su cacería de pecadores?!
Hubo un silencio. Todos sabían que temían su vuelta. Nadie quería escuchar el galope. Nadie sabía qué iba a hacer en caso de oírlo.
—Cuando se escucha el galope, hay que cortarse un mechón de pelo, colocarlo en nuestros zapatos, y ahí rezar el padrenuestro. Güemes eventualmente aparecerá, y si los encuentra así, mechón en zapato y rezando, se marchará. El mechón es símbolo de entrega al Superior. Quitarse los zapatos es signo de humildad. El rezo es necesario. El General sólo reconoce a Dios como su superior. Rindió su fe a la Patria que lo trató de caudillo aún pese a su heroísmo. Rezar el padrenuestro es encomendarse a Dios. Y Güemes sin descansar, medio en el infierno, medio en este mundo, clama por él y perdona a los que le rinden culto al padre celestial. Pero está harto de haber muerto para esto—. Dijo, y señaló al prostíbulo.
Todos se persignaron. Incluso yo. Rezamos por media hora.
Nadie se pudo ir del lugar. Todos nos quedamos ayudando con los cadáveres. La policía llegó. Tomaron testimonio. ¿Qué podían hacer?
—Vino por Uste'.
Aquella frase partió mi vida en dos. Me miraba a mí. Me señalaba a mí. Era Don Pablo.
—Vino por Uste'. Yo lo 'i visto. Lo i' visto cuando cuando le miró a uste', cuando le dio caza a uste'. Yo salté para salvar su vida. Todos estas personas han muerto y él vino por Uste', vino a buscarle.
No pude decir nada. Don Pablo fue quien me rescató de esa muerte segura.
—Ha destruido la vida de todos, Usté'.
Mis piernas temblaban. Tragaba saliva.
—Ana se va a tené' que quedá'—, dijo, finalmente y concluyendo.
No podía creerlo. Ana, mi Ana. Quería que mi mujer se prostituya para cubrir los costos, para expiar las muertes.
Quise enfrentarme, pero me golpearon todos. Ni me dejaron reaccionar. Recuerdo que quise lanzarme contra él. ¡Hombre falso! No era mi salvador, era un empresario. Usaba el miedo también. No como Güemes, sino como moneda. Me culpaba, le creían, me golpeaban.
Ana lloraba.
Cuando recobré la conciencia. Ana ya había aceptado por mí. No me dejaba hacer nada. Tampoco podía moverme. Habían roto mis costillas, mis piernas. Estaba en nuestra habitación, había dormido por días. Ana ya había sido prostituida.
Grité, cuando me lo contó. Grité y mis ojos se hincharon. Grité y mi cuerpo gritó conmigo. Nada me dolía más que la humillación. Caí de la cama, me dirigí a la puerta. Mis movimientos eran torpes, mis piernas no respondían. Me arrastraba. El dolor volvió a ser intenso de un instante a otro y me detuve, sollocé. Recordé mi odio y por él volví a moverme. Me arrastraba con los brazos, mis piernas seguían sin pertenecerme. Intentaba despertarlas, no respondían. Entonces reanudaba mi avance a ras del suelo, estiraba un brazo y con fuerza llevaba mi cuerpo hacia adelante, luego repetía el proceso con el otro brazo. Ana intentaba detenerme. Nunca pude salir de la habitación. La adrenalina se fue, yo giré, grité de nuevo, de dolor, de tristeza y de bronca. Nos abrazamos y lloramos juntos.
Pobre Ana, mi Ana.
Malditos, malditos todos.
Con el tiempo Ana dejó de sonreír. A veces volvía golpeada. Una vuelta le quemaron un hombro con un cigarrillo. A veces no cenaba. Nuestra vida estaba arruinada. Yo la esperaba sentado. Siempre sentado. Habían dañado mi columna con un golpe en mi espalda, yo era cuadripléjico, ya no caminaría nunca más.
Fueron los meses más oscuros de mi vida. Ana prostituida, yo paralítico. Sin embargo nos queríamos. Ya no nos amábamos como antes, nos amábamos en desdicha. Nunca seríamos felices, pero nunca nos abandonaríamos. Ella, la muy pobre, se prostituía por mí. Yo la esperaba y mantenía nuestro hogar. Yo mendigaba y trabajaba de lo que podía. Nunca me rendía, siempre salía a buscar algo para hacer. No quería que su desdicha sea doble. No quería que vuelva a un enfermo inválido de emociones.
Un día Carmen apareció. Estaba agitada, había sedado a un cliente que ya estaba medio borracho.
—Culpará al alcohol cuando despierte. Le diré que estuvo muy bien aunque no recuerde y le diré cosas que quiere oír—, me contaba. Luego se puso seria: —Estoy aquí para llevarte. Vas a trabajar en el burdel. Vas a ganar dinero y a estar cerca de nosotras. Yo pedí que sea así. Desde hace meses que sé de tu situación y que veo a mi pobre Ana sufrir por ambos. Ella está de acuerdo.
Esas mujeres eran extraordinarias. Agradecí una y mil veces.
Cuando empecé, traté de ser el mejor. Hasta mostré mi agradecimiento, incluso al hombre que me había arruinado la vida. Lo despreciaba, pero yo tenía una enorme oportunidad. Con el tiempo recobré el sentido del humor. Tenía trabajo, hacía reír a los clientes y había vuelto a esos momentos con esas dos mujeres a las que quería. Ana y Carmen también estaban más felices.
Amaba con más fuerzas a mi mujer.
Durante un año o dos, trabajé en el burdel y mi vida recobró un poco de color. Al menos hasta que el General volvió.
La vez que escuché el repiqueteo del casco de su caballo, no entendí la profundidad del sonido. Realmente, no era un cabalgar que se escuchara en la calle, en la vida, era un galope que venía de la nada misma. Un eco de un sonido. Era muy característico, a la vez que misterioso y terrible. Creo que el galope sonaba en nuestros corazones, en lo profundo del alma, sí quizás en los miedos. Lo cierto es que el galope se confundía con los latidos apresurados que se despertaban con el retorno inminente del jinete y el caballo.
Como antes, no todos se prepararon. Quienes sabían qué hacer, intentaron gritarles a los que no, pero el miedo era tan grande, tan traicionero, que en lugar de articular palabras se arrancaban mechones y jirones de piel y pelo. Señalaban con terror y se desesperaban por quitarse los zapatos, o por encontrarlos. Lloraban todos. Gritaban todos. Algunos, los más calmos rezaban ya el padrenuestro. Yo corté mi pelo con una tijera, preparé mis zapatos y me escondí, temblaba.
Güemes entró como aquella vez, golpeando, matando. La gente pedía clemencia y uno podía sentir el sable atravesando los cuerpos. Podía escuchar los estertores de quienes morían. Los alaridos de las mujeres. La desesperación se palpaba en el aire como si siempre hubiese sido un objeto.
Salí de mi habitación con mis muletas, arrastrando mis pies colgantes. Sostenía los zapatos en mi boca y en su interior reposaban mis cabellos tranquilamente cortados. Vi a Carmen. Carmen no tuvo tiempo de hacer nada. Ella y el hombre encima habían sido apuñalados por la misma estoqueada. Las lágrimas caían de mis ojos, casi sin dejarme ver. Quise detenerme para llorarla, pero seguí avanzando. No podía hacerlo, debía buscar al resto. Debía ir al único lugar al que deseaba ir en ese momento en el que mi vida pendía de un hilo. Avancé, no sin dificultades, pero avancé. Casi caigo al apoyar mal las muletas debido a un brazo de mujer. Tenía un anillo hermoso. Al incorporarme volví al caos. Había gente corriendo. Oía el galopar. Y sabía que Güemes, esta vez, estaba más ensañado en su matanza.
Supe dónde encontrar a Don Pablo. Entré a su pieza y ahí estaba él. Rezaba.
    ¡Venga!—, me dijo y me dejé ayudar.
Mis ojos explotaban por las lágrimas.
    Carmen, oh, Carmen— Pude sollozar cuando Don Pablo me hubo acomodado dentro.
Como aquella vez Don Pablo se disponía a salvar mi vida. Si es que salvarme la vida es lo que había hecho aquel otro día. En ese instante apareció Ana. En su huida ella me vio entrar a la habitación y corrió hacia mí. Detrás de ella, lamentablemente, llegó el espectro.
Ana murió delante de mí. Su cuerpo cruzo la puerta, su vida quedó del otro lado. Vi como el sable la atravesaba desde atrás. Don Martín Miguel de Güemes había clavado su arma en la nuca de mi mujer y la había atravesado. La punta del sable salía por la boca. Quiso decir mi nombre y éste se ahogó sin ser pronunciado. Don Pablo me empujó para atrás y se lanzó sobre sus zapatos. Yo me incorporé en mis muletas, avancé hacia donde estaban mis calzados y llegué a ellos a tiempo. Los tuve delante justo cuando el General terminaba de jugar con el cuerpo de mi mujer y su arma: Con un par de movimientos lo había levantado y así logró profundizar la herida de muerte, enganchando más al cuerpo y salvajemente sacudió a mi Ana. Elevaba y bajaba al cadáver delante de mí, mientras yo buscaba mis calzados. Luego se fue tranquilizando en sus movimientos, hasta que lentamente el cadáver cedió y se resbaló de la hoja.
El fantasma estaba de pie en la misma habitación en la que Don Pablo y yo estábamos. El caballo del otro lado. No se oían más gritos. Debían estar todos muertos, o debían haber huido los que lograron sobrevivir. No había nadie, ni los clientes de siempre, ni los visitantes espontáneos, ni mi Ana, ni Carmen. Sólo Don Pablo, el Gaucho y yo.

— Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad aquí en la tierra, como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación; líbranos del mal. Amén—Don Pablo lo repetía una y otra y otra vez.
Yo me paré delante de mis zapatos. El fantasma me desafió. Comencé lentamente: «Padre nuestro... Que estás en los cielos... Santificado sea tu nombre...». El espíritu me miró, guardó su sable. «Venga a nosotros tu reino... Hágase tu voluntad en la tierra, como en el cielo». Don Pablo seguía repitiendo la misma oración. «Danos hoy nuestro pan de cada día...». Güemes se disponía a irse cuando yo callé. El fantasma se dio vuelta y me miró de nuevo con esos ojos oscuros, sin pupilas, sin cuerpo, pero con una mirada espeluznante.
Sin miedo lo enfrenté.
—Será que no quiero ser perdonado. Será que sé que voy a pecar. Será que quiero que descanses y le dejes tu perdón a Dios.
El Gaucho se puso cara a cara, enfrente mío. Yo miraba sus botas. Él buscaba mi mirada que le rehuía, yo quería conservar el coraje.
—Sabe el creador si yo pequé aquí. Pero ahora, Él en su gloria, así como Usted General, como Don Pablo y como yo, sabremos que yo sí voy a pecar. Por última vez, quizás—. Le dije sin titubeos. —Perdone, Don Martín Miguel, me encomiendo a Usted, temeroso, humilde, y le imploro, me conceda un pedido antes de morir.
Hubo un silencio. Seguí:
—Hubo aquí una vida truncada. Usándome como excusa se había dado muerte a la mujer que yace a sus espaldas. Aquí se le quitó la vida mucho antes que su sable le detenga el corazón. Quien está entre la puerta y Usted, General, es mi mujer, mi esposa. Y yo la amé— llené mi pecho de aire. —Sabe Usted, que le encomiendo mi vida a su merced, puede quitármela ya, si así lo desea. Pero antes le pido, me conceda la venganza.
El Gaucho entendió. Don Pablo también. El desdichado, se incorporó temblando. Así interrumpió su rezó y empezó a repetir un monosílabo. Decía, simplemente, «No, no, no, no...». Se hizo para atrás, intentó cubrirse y lo primero que le fue amputado fueron sus brazos. Luego su cabeza rodó torpemente por el piso dando pequeños saltos por las irregularidades del rostro y por lo que quedaba del cuello. Sus ojos abiertos jamás dejarían de mirar el momento en que, lamentablemente para él, había dejado de rezar para escucharme hablar con el espíritu.
Su muerte fue lo último que mis ojos vieron.

Dedicado a Antonela Sánchez Pastrana.




A punto de estrellarme

Era como si alguien hubiese abierto una escotilla y todo se descomprimiera. Se sentían los órganos chupados a ese punto en medio del pecho. Hasta el aire en los pulmones cosquilleaba, parecía formado de pequeñas bolitas, balines de plomo. El otrora latente terror se manifestaba por fin en latidos, la taquicardia parecía destruirme las costillas. Mi cuerpo se rendía. Mis piernas tenían demasiado, y mis rodillas se flexionaban con cada paso torpe que daba. Era seguro que iba a caer. Todo daba vueltas, el mundo era un vinilo que giraba y yo la púa que no resistía más. Mis pulmones actuaban como un fuelle desesperado y el sonido de mi respiración me inquietaba. Mis ojos y mi boca totalmente abiertos ante la sorpresa del ahogo. Temblaba incesantemente mientras mi estómago, mis pulmones, mi tráquea, todo parecía converger hasta ese punto despresurizado en el pecho. Yo era un avión a punto de estrellarme.