domingo, 1 de diciembre de 2013

Bolsas en el viento

Creo que está claro que estoy hasta las manos. Dave Grohl le pega a esa batería en ¨Song for the dead¨, el muy enfermo siempre me atrapa en esa canción. Le pega, estoy seguro que las baquetas son astillas. Al menos eso me imagino mientras suena el mp3 calidad 320. Zafa.

La batería agonizante y su ejecutor van acompañándonos a mí y a mis amigos en nuestro retorno a casa luego de pasar el día entre la naturaleza y el avance de la roña.

Eso es así, por más triste que sea. Un mundo y la roña. Miles de botellas de plástico y bolsas ya son parte del paisaje en La Caldera y sus alrededores. Toda esa basura está por todos lados. La encuentra uno por doquier en sus ríos y en el dique de Campo Alegre.

Parece que pronto tendremos que gastar más nafta para escaparnos de tanta porquería.

Yo voy pensando en que quiero verla. Pero me siento como la basura en el paisaje. No me gustaría ahogarla. Arruinar con mi presencia esa vida tan hermética. Tan misteriosa.

Allá va otra compañera. He desarrollado un identificación con una bolsa real que atrapada en una corriente vuela por la cornisa. Me dirijo a ella como un peronista: Compañera. Qué estúpido.

Pensar que es basura, aunque vuele de forma majestuosa. Pienso en otra bolsa que vi un día. Ella también danzaba con el viento en el estacionamiento del Vea que está cerca de su casa. No recuerdo si ese día yo estaba ahí por...

Probablemente.

Mi lengua pasea en mis dientes tan irregulares. Encuentran un pedazo de aceituna. Me distraigo por un instante pensando en el pan con las olivas y el queso del viejito australiano de La Caldera. Luego vuelvo. A diferencia de mis amigos, yo no estoy cansado. Quisiera, por lo tanto, invitarla a hacer algo.

Me cago en las patas. Es así. Por más que me guste estar con ella, se me escapa y no quiero andar buscándola. Y si bien he sido creativo a la hora de acercarme en el pasado, puedo ser tan errado como una bolsa de basura en el aire en la naturaleza. Sí, gusta, pero no debe estar.

Sin embargo, caigo en su mundo en forma de mensajes. Aterrizo como lo hacían las piedras que lanzábamos hace unas horas atrás en el barro que deja el dique al evaporarse o al bajar el nivel por vaya uno a saber qué cosa. Caigo y quedo ahí, medio enterrado en un cráter. Hay barro salpicado por todos lados. Lodo lanzado al aire luego de hacer un ruido como de flatulencias.

Sucio. Sucio de insistencias y de ¨mierda, sé que ella anda por su mundo y no tengo que ser tan rompe-bolas. Pero, mierda, la extraño¨.

Mejor me distraigo. Sigo prestando atención a la música. Mejor me contengo y me pongo a vivir también. Dejo de ser la bolsa de basura en un paisaje.

Así estoy un rato, hasta que por ahí escribo de nuevo y otra vez el ruido de pedo en donde hubo un dique de silencios. Y otra vez enviar el barro por los aires de los mensajes de whatsapp dejando un cráter de densidad como cicatriz.


Pero la quiero. Que lo sepa.


Y lo sabe.