viernes, 1 de noviembre de 2013

Cuentito algo turbio

—Dios es el centro de nuestras vidas. Si reemplazas a Dios con el alcohol, estás pecando. 
El pastor sostenía la mirada fija. Me hacía tajos con sus ojos.
— ¿No lo entendés? El alcohol es el centro, en lugar de Dios. ¿Qué dicen los mandamientos?— Se lo oía con su casi imperceptible ¨portuñol¨.
Carraspee. Quise responder, pero la garganta no me dejaba.
—Amarás a Dios sobre todas las cosas. Has perdido el camino del señor. Has echado a perder tu vida— Gritaba, el pastor. Estaba furioso. Ya me había hablado de mi traición al Señor Jesucristo alguna que otra vez. De hecho, eran innumerables las veces. En pascuas, lo hizo. Al hablar del génesis, lo hizo. Al negar la importancia de los santos, al advertirme que no hay purgatorio, al hablar del apocalipsis, eran tantas las veces. Siempre que pudo me recordó que yo había pecado, incluso antes de nacer. Era un traidor nato.
Hoy, mi pastor, estaba realmente furioso.
Quise contarle, no creo en la confesión. Pero quería sacarme toda la basura de encima. Le pedí que me escuchara y traté de hacer un relato lo más sincero posible:
«Habíamos salido. Eso era una excepción. Yo ya no salía, desde que me dedicaba al voluntariado. Es que… Me asustaban los relatos de muchos adictos, de los jugadores compulsivos, de los deudores y los alcohólicos. Había gente que hasta contaba de sus inicios en el alcohol en los 13 años. Muchos, incluso, habían caído en la tentación de la carne a edades tempranas. Dios, ¡Qué terrible sonaba eso!— Empecé a decir—. Todo lo que voy a contar no sucedió al instante, sino cuando habíamos pasado unas horas en el bar. No recuerdo con detalles en qué parte  del mismo. No recuerdo la música, aunque, ciertamente, no importaba demasiado. Daba exactamente igual. —Vamos por un trago—, dijo mi amigo. Yo dudaba, pero él insistía: — ¿Probaste a la Hesperidina?—. Recuerdo que me enojé. Pensé que hablaba de drogas. En fin, respondí enfadado y asustado de mi amigo: —Pensé que vos… ¿qué te pasa a vos?—. Me tranquilizó. Dijo, algo así: —No, idiota, es un tipo de licor. Sabe a naranjas. Vos siempre estás comiendo una y pensé que podía llegar a gustarte—. La verdad es que me dejé caer en la tentación de probar eso. No me pregunte porqué. Simplemente… No sé… Tuve miedo de decirle que no».
» Llegamos a la barra del local y la chica nos preguntó que queríamos. Le dijimos. No tenía la gaseosa de pomelo con la que se mezclaba ese licor, así que nos ofreció tónica. Particularmente me desagrada esa bebida. Cerca de nosotros había otra mujer. Él fue y la encaró: —Mi amigo te miró toda la noche—, le dijo de golpe a aquella muchacha. Para sorpresa mía ella dijo: —Me encanta que me miren—. Hubo un breve silencio y luego agregó: —Es lindo, además—. Aquella chica era de estatura baja, labios muy pintados y de un llamativo gorrito blanco de lana. Estaba sucia.
»Es el gorrito, dije yo.
»Dentro, muy dentro mío, enmudecí. Mi cerebro se paralizó. Nunca voy a saber porqué respondí así. Pude haber dicho que era mentira, que no la había notado. Pude haber dicho cualquier cosa para terminar ahí al asunto. No había hablado nunca con una chica en un bar. Pero la verdad es que sentí un cosquilleo en mi estómago y pronuncié aquella frase.
»Charlamos.
»Quizás el alcohol movía mis labios.
»Me enteré muchas cosas, me enteraría más al adentrarse la noche. Era de Buenos Aires. De provincia, no de Capital. Había estado viajando por Centroamérica, hasta que empezó a volver al país recorriendo, primero, la costa del pacífico. “Brasil, ni lo sueñes, un fangote de guita”.
»Estábamos en eso, conversando. En un momento, cuando quise agarrar mi vaso y dar un sorbo, me di con que ya estaba vacío. Yo casi no había probado mi bebida. Realmente no me gustaba. Era ella que había bebido todo. —¿No tenes más de eso?—, me preguntó. Luego dijo algo más: —¿No tenés para un tirito?—.
»Aquello fue un susurro, pero para mí fue como un rugido. Sonó más fuerte que la música.
»Abrí los ojos bien grandes. —No, dejá, es chiste—. Dijo al ver mi cara. Estaba ella poniéndose a la defensiva.
»—Justo te iba a preguntar si querías más del trago—. Mentí. Pensé en zafar, en que se fuera. Pero algo me hizo retenerla.
»La arrastré a la barra, pedí otro. Al ritmo que ella bebía, no iba a durar demasiado. Hedía a alcohol. — ¿Por qué te volviste al país, si tanto te gustaba Perú?—, dije. Ella contestó: — Yo estaba con este chico. Pero la cosa terminó de forma abrupta y no pude quedarme más ahí—. Hubo un silencio: — ¿Tenés? — volvió a insistir — Para un pase —, concluyó.
»Sabía bien de lo que me hablaba. Sentí deseos. Adrenalina. Lo juro. Me metí en un personaje. Un alterego inspirado en todos los relatos que escuché a lo largo de mi voluntariado. Cualquiera puede ser cualquier cosa si así lo desea. Actuar es algo natural. Finalmente dije:
— No acá —. Mentí más todavía: — Hoy no me di ni un tirito y por eso se me va a parar— dije como si eso fuese lo más normal en mi vida. No lo es, claro. Pero ella no lo notó. —Vamos a tu casa, entonces. ¿Qué esperamos?— Dijo entre risas y sorbió todo su trago.
»En mi cabeza yo repetía constantemente: ¨¿Qué estoy haciendo?, ¿Qué estoy haciendo?¨ Ella se tiró sobre la barra. Como modelo. Se revolcó en ella y lanzó un vaso al piso. Terminaron por pedirme que nos fuéramos. Ella pidió sus cosas al barman y me dijo: —vamos—. Tenía todo su abrigo en la mano. Yo estaba petrificado. Estas cosas no me pasan a mí. Hacía frío afuera, era invierno. Pero ella rehusaba a la idea de usar abrigo.
» Subimos a un taxi. Mi amigo no debe haber notado mi ausencia hasta que era tarde. Estaba en el baño.
— Pecaste en la carne— me interrumpió el pastor— Esto es peor de lo que pensaba—.
—Sí, lo sé —, dije.
Luego continué:
«Vivo en esta pensión. Y tuvimos que entrar con cautela, cuidándonos paso a paso. Ella se divertía. Cuando estuvimos en mi cuarto yo no sabía qué hacer. Ella empezó a burlarse, decía que yo actuaba como virgen. Lo era.
»Dudar en ese momento era lo peor que me podía pasar.
—No, era lo mejor. Era Cristo que tocaba tu corazón. Lo ignoraste.
Hubo un silencio. El Pastor me había golpeado con sus palabras. No supe si seguir.
—Continua, por favor— dijo él, como si adivinara mis intenciones de dejarlo todo ahí.
«Finalmente tomé coraje y empecé a desnudarla. Ella actuaba como si no le importara. No le importaba, esa era la realidad. Su piel era áspera, su aliento era espantoso y ciertamente pudo haber tenido gonorrea, no sé, algo así. Sin embargo, yo estaba excitado. Esa noche me corrompí, toqué fondo, eso me gustaba. Estaba viviendo otra vida, no era la mía. A esa hora yo estaría levantándome para hacerme unos mates y rezar. En cambio estaba teniendo relaciones con una cocainómana cuyo nombre jamás voy a conocer.
»Acabé.
»Ella se durmió y yo tarde unos segundos en acomodarme. Mis sabanas estaban manchadas de mí. Me dio asco, pero me dormí.
»Al día siguiente ella no estaba, sin embargo me había regalado todo el contenido de su estómago. Lo había dejado en un espantoso charco en el piso de mi habitación. También había llenado el baño de… Había hecho caca, demasiada.
»Aquello fue más fuerte que mi estómago. La resaca fue más fuerte que mi estómago. Yo también vomité y decidí recostarme. Ahora no podía hacer nada. Mi estómago pesaba demasiado. Era un castigo. Mi cabeza se comprimía, era el big crunch del que tanto hablan en la ciencia. Una vez leí sobre patrones que se repiten en la naturaleza, nuestras conexiones neuronales y el universo pueden tener una forma parecida. Si nosotros podemos matar neuronas con tanta facilidad, empinando un codo. No sé… Espero que Dios no beba.
— ¡Estás siendo blasfemo!
Ignoré, lo sabía. No estaba renegando de Dios, quería molestar al pastor y su constante cara de desaprobación. A esta altura me resultaba demasiado. Yo había comprendido mis errores y eso me bastaba, no necesitaba su juicio.
»Salí de casa y quise cocinarme algo. El mundo me resultaba repugnante. Fui al verdulero de la esquina, el que tiene todas las cajas de madera abarrotadas de plantas, obstruyendo la vereda. Nunca antes presté atención, pero en ese momento me afectó demasiado su higiene. El tenía la lapicera bic azul en la oreja, se limpiaba la cera de los oídos con ella. Lo que me llamaba la atención era que lo hacía con el lado del bolígrafo. Tuve que irme. Imaginé su oído pintado de azul y las anotaciones en su bloc de notas repletas de cera. Era demasiado. Desee nunca más vivir todo aquello. Volví a Dios. Estoy aquí.
Algo había cambiado, igual. Nunca más volví a ver al pastor, nunca más volví a una iglesia o algo parecido. Tampoco volví a salir como aquella vez. No necesitaba nada de eso. Había balance por primera vez en mi vida.