martes, 21 de mayo de 2013

Esperando el semáforo

Me detuve a esperar que el semáforo sea favorable. Meditaba sobre mi futuro. Pensaba tanto por el que se presentaba cercano como por aquel que era mi futuro lejano -si es que ¨lejano¨ es un adjetivo aplicable al efímero porvenir de un ser humano-.
De golpe su auto detuvo su marcha y se ubico a mi costado izquierdo. Nos miramos y sentí desprecio. Su presencia en mi campo de visión era soez. 
Llevaba ese anillo falaz que jugaba a ser de oro. Ningún idiota se lo creía, excepto él que lo exponía al sacar su mano fuera del automóvil que conducía. Lo golpeaba rítmicamente al tamborilear sus falanges contra la descascarada pintura de su vehículo avejentado.
Ahí fijé mi vista en la máquina que conducía, la cual carecía de gracia. El sol había destruido el color en la pintura; la lluvia había oxidado las partes expuestas; los asientos exponían entre rasgaduras una goma espuma que, yo podía adivinar, hedían picosamente al polvo que se catapultaba al aire cuando el peso humano infringía presión. Podía imaginármelas ahí flotando a todas y cada una de las miles de partículas que antes se posaban mansamente en los arañazos del tiempo expuestos en la butaca del conductor. Restos de piel, de cabellos, tierra y cenizas.
Él cargaba con ese cuerpo soso, abultado por la grasa que se manifestaba en lo estirado de las texturas en sus prendas. Su cabeza maciza terminaba en una cabellera decolorada con manchas como de Leopardo por tintes más claros que los de su color original. Jugué con la idea de que alguna vez soñó con ser aquel depredador. Como tantos, él conocía el sabor de la carne, pero yo no podía dejar de pensar que él la conocía oportunamente en las ocasiones en las que un verdadero cazador abandonaba satisfecho un botín que él y su fofa figura aprovecharían más tarde. Sabía que él conocía su sabor frío, a lo sumo tibio, pero, no obstante, jamás había sentido lo que era hincar por primera vez los dientes en algo que antes corría. Era, por lo tanto, un carroñero. Una hiena y no un leopardo.
Yo también sentí el gusto de la carne en mi boca. El semáforo se puso en verde y cada uno siguió su camino. Yo me fui pensando en que no puedo decirte cuál era la temperatura de ese sabor.