viernes, 31 de agosto de 2012

Corazón de piedra

Allá afuera hay montañas, un cielo enormemente azul, árboles, hojas y muchas pelotudeces más. Hay muchas piedras, como yo. Pero yo estoy en el río. Ser una piedra es un trabajo difícil. El agua fluye a alrededor a toda velocidad, siento que golpea. Tanto líquido a veces trae cosas. Ramas, basura, hojas, peces que dejaron de nadar. Todo me lo muestra, todo lo estrella contra mí. Aunque normalmente
me quita todo ello. Sostengo todo lo que puedo, si tuviese uñas y dientes me aferraría a las cosas que me agradan. Pero el río se lleva todo.
Una vez que me trajo algo que consideré importante para mí, fue toda una historia. Quedó enganchado en mí. Estuvo ahí y sentí que se amoldaba. Pensé lo imposible. Creo que fui feliz, si es que así se siente aquello. Igual, fue solo un rato. Es que la corriente. Bueno, ella no perdona. Se sabe. Con violencia se fue deshaciendo de aquello que yo no quería que sea deshecho. Lo vi irse, lo vi detrás de mí, en el vórtice que se forma ahí, justo atrás mío. Entraba y salía de ese remolino y a veces se acercaba demasiado. Si tuviese brazos…
Pero ahí se fue. Quizás, algún día, la erosión me permita irme a mí también.
De hecho... Quiero irme.

fotos

Plaza 9 de Julio, voy caminando por ella en esta tarde templada y soleada de un invierno que no quiere terminar de llegar. La calle que corre paralela a mi lado es la España. Veo el Banco al frente, cierro los ojos y juego con el contraste que hace con la Catedral que está a su lado. Sonrío y pienso «mejor abro mis ojos, voy a golpear a alguien». Al abrirlos, para mi sorpresa, todo ha cambiado. Lo que era habitual, ya deja de existir en la forma que lo era. De repente, el mundo se presenta formado por fotografías. Millones y millones de fotografías. En un parpadeo, las cosas son una captura de lo que eran. Veo fotos de pájaros volando, de los faroles, de los árboles, de la Catedral, del Banco, de todo. Miles de fotografías de muchos tamaños construyen el panorama en los trescientos sesenta grados y en todos los puntos cardinales. Hasta el cielo. Hasta el suelo. Hay gigantografías, como aquella que ha capturado a la Iglesia principal de Salta. Pero también hay pequeñas capturas, como si fueran fotos carnet, con imágenes de todos los edificios que están a lo lejos. «Las fotografías –pensé- forman partes del todo», rara mención a Fogwill.
Quiero correr. No sé correr. No, no es eso. No sé correr como antes. El tiempo también cambió. Ya no es una dimensión continua, ahora se mueve de a un segundo por vez –dando un extraño sentido a esa frase-. El tiempo ahora es como en una película de cine antigua. Va de intervalo en intervalo. Solo falta el ruido de las cintas y los rodillos.
Todo esto va más allá de mi comprensión. La gente se convierte en fotografías caminando de a un segundo por vez, ¿en qué instante quedé loco?
Cuando corría me movía con el tiempo, usaba una continuidad temporal conocida y mi cuerpo se había acostumbrado a ello. Pero ahora no puedo coordinar mis movimientos. Quedo petrificado. Debo verme gracioso así. Especialmente considerando que esta vez son las fotos las que me miran sorprendidas.
Las fotos me miran.
Sorprendidas.
«Las fotos».
Me doy cuenta que soy el único que ha notado cierto cambio en la realidad. Las imágenes siguen con su vida como si nunca hubiesen sido fotografías de personas, como si el conjunto carne y hueso siempre hubiese sido papel y tinta en realidad. La fotografía del policía me mira, me vigila. Seguro me nota extraño. «Un paso a la vez. Un segundo en cada paso», me repito.
Cuesta acostumbrarse.
Cuando aprendo a caminar –de nuevo-, voy hacia la fotografía de la librería más cercana. Mientras estoy lejos es una gigantografía, pero a medida que me acerco, ella se divide. Obvio, de un segundo a otro. La fachada del negocio ahora está formada por múltiples imágenes de ella misma. Miro arriba, el sol también. Hay muchas fotos de cada una de las partes del astro. Sigue encandilando, eso sí. ¡Y cómo! Me he sentido atrapado por una imagen anteriormente, como encandilado justamente, pero nunca de una forma tan literal.
Juego con el sol.
Lo compongo y descompongo. Entiendo que mis ojos hacen un foco extraño. Cuando me concentro en una cosa, cuando clavo la mirada, se transforma en muchas fotografías más pequeñas. Ellas conforman y crean al objeto en conjunto, por partes, como en cuotas. Bajo la mirada y entro al negocio.
Una fotografía me va a causar migrañas si sigo así. Una fotografía del sol, ¡Cuán poético!
Compro la foto de una lapicera, compro fotos de hojas. Voy al café-bar que queda en la esquina de Buenos Aires y Caseros. No había entrado ahí desde que era chico.
Agarrar la foto de una silla, escucharla chirriando contra el suelo cuando la muevo y luego sentir el crujido al sentarse en ella, esto es onírico, realmente onírico. Pongo las fotos en la foto de la mesa. Todo es tan plano. Cuesta acostumbrarse a escribir con la foto de una lapicera. Qué raro que es ver a mi mano en esa imagen. Yo no estoy hecho fotografía. Al menos hasta que entro en interacción con una.
Soy una captura de mí mismo, pero solo a veces.
Mi caligrafía es pésima. Escribir para contar todo esto y ver que las cosas tardan un segundo en aparecer, me hizo volver a primer grado.
Dudo. Me asalta un pensamiento. Quiero música.
‒ ¿Será continua?‒ grito y todo el bar me mira. ‒ ¿Y el café?, ¡Mozo!
Definitivamente soy un lunático para esta gente.
Es raro, la música y los sabores siguen corriendo a escalas tradicionales. Es como si el tiempo para mis otros sentidos no avanzara como un vehículo conducido por un inexperto. «El tiempo aprende a manejar». La música y el café fluyen, pero el tiempo rebota por segundos en la mirada. «Claro, no existen fotografías del sonido y de los sabores, ¡Qué estúpido soy!»
Al café lo trajo el mozo que antes me miraba como si estuviese a punto de llamar a un psiquiatra.
La música que escuchaba era de mi celular. Jerry Cantrell y William DuVall, cantantes de Alice In Chains repiten «Somebody check My brain» en sus estribillos. Me pregunto qué pensarían las fotos sobre mi cerebro si lo revisaran.
Luis llama. Luis es un amigo mío que trabaja en una tabacalera y siempre tiene puchos para regalar. Sonreí. Quería ver las fotos del humo. El humo siempre me resulto tan atractivo que jugaría por horas a capturarlo, a dividirlo y a explorarlo.
Cuando mi amigo llegó al bar me contó de su mundo. Fotografías y segundos. Era el mismo que el mío. Quedamos en encontrarnos y lo habíamos hecho realmente. Siempre pensé que si cada familia es un mundo y cada amigo es un hermano por sí mismo, entonces cada amigo es un mundo. Hoy lo confirmaba. Los dos nos reímos al vernos reales, es decir no fotos.
Cuando salimos del café-bar, empezamos a caminar sin rumbo. Al menos por unos momentos. Al menos hasta que Luis dijo «Vamos a lo de Nacho».
Nos subimos al 3 ¨A¨, y luego de unos minutos aparece el barrio Grand Bourg. Pagar con fotos de monedas y recibir la foto de un boleto nos hizo reír. Hacemos chistes de lo estúpido que se siente distinguir a la foto de un billete falso de la foto de un billete verdadero. En realidad aquello puede ser un arte. Y en eso pensábamos mientras el colectivo no deja de aparecer y desaparecer. Es el tiempo. Así se ven las cosas, centellando. Ves, dejas de ver, ves, dejas de ver, ves, y así. Da miedo.
Pensamos lo mismo con mi amigo, lo sé porque Luis me pregunta «¿Cuándo parará?». A lo que respondo encogiéndome de hombros.
Llegamos a la avenida, nos bajamos. «Querido Nacho Alonso Crespo, ¿dónde estás?» Llamamos y tardó en aparecer. Estaba como loco, eufórico. Nacho, quien tampoco es una fotografía, está más feliz que nunca.
Pensé «Nacho es humano como nosotros»  y aquello me hizo sentir muy mal. «¿Acaso las personas en las fotos no lo son?». Ya empiezo a catalogar. «Maldita, maldita discriminación».
Nacho viene y nos quiere mostrar algo pero se atropella al hablar y por ello extiende sus manos delante de nosotros, sosteniendo su Polaroid. Quiere mostrar lo que con palabras no podía describir hace unos intermitentes segundos, y lo hace golpeándonos con la cámara mientras grita. Parece un mono, pobre. Es tanta su euforia que a duras penas atinó a decirnos que esperáramos a un buen momento. Él había sacado fotos-fotos a las fotos-reales. Siendo fotógrafo, era obvio que se le había ocurrido esa genial idea. «Y nada más, van a ver. No se necesita nada más para estar feliz», repite una y otra vez.
Esperamos un rato, hasta que vemos un auto en la curva de la avenida. Nacho apunta su cámara y lo captura con un click. Se había hecho un experto en fotografiar cosas que titilaban a la vista, así nos presumió. Nos acercamos y dibujamos una nueva cara de asombro en los rostros. El auto en la foto se mueve normalmente. Es más, no es una foto dentro de la fotografía que Nacho sacó, sino que se lo ve bien. El auto ahí adentro es real. «Se lo ve bien, acorde a los parámetros viejos, a las cosas como cosas y a las fotos como fotos», nos dice Nacho con aire inteligente. El auto era una cosa que parece tener vida en movimiento dentro de esa imagen. Quizás, en este mundo nuevo, era una foto común. Pero se movía muy bien para Luis y yo.
Es más, el auto que Nacho capturó en esa imagen había desaparecido ante nuestros ojos, dobló en una esquina. Sin embargo nosotros podíamos seguir su recorrido en la captura fotográfica. Lo vimos doblando y lo seguimos dentro de aquella imagen. Hacía varios segundos ya que él había desaparecido de nuestra vista. Si despegábamos la mirada de la imagen que sostenía Nacho, veríamos la foto de la avenida, ahora desierta. Pero ese auto, dentro de esa Polaroid que había salido de la cámara de mi amigo, seguía moviéndose y avanzando por calles y calles. Era como que Nacho había tomado toda la vida útil que ese vehículo iba a tener. Lo vimos frenando en una casa. Alguien se bajó de él. Y el Volkswagen quedó ahí, totalmente inmóvil. Pero las ramas de los árboles que eran mecidas por el viento, las sombras y las luces, todo seguía con vida. Todo fluía con el tiempo que fluía antes para nosotros.
Nacho nos contó que así sucede siempre que toma su cámara y apunta y dispara. Está feliz. Tiene fotos de su perra y «es normal dentro de ellas», nos dice. Tiene fotos del patio «y el tiempo es continuo».
Tiene fotos de todo.
Ahora está sacándonos una foto, ahora, mientras Luis y yo comprendemos que estamos viviendo un sueño, su sueño. Nacho debe haberse quedado dormido y está soñando todo aquello. A nosotros inclusive.
         Pero yo lo vivo.

lunes, 20 de agosto de 2012

Adicto. Afuera hay sol, siempre hay sol.

Su casa es el fiel reflejo de su cabeza. En ambas conviven el desorden, el desgano, los platos sucios, el calefón lleno de hollín, la resaca, el odio, los golpes sin digerir. Todo junto. Todo mezclado con las ganas de morir, el único ingrediente omnipresente, aunque negado. Camina hacia el living, ahí está la PC. El teclado tiene restos de cocaína. Recuerda que anoche no inhaló todo lo que estaba en el papelito -su dealer suele venderle la sustancia dentro de esos papeles con aluminio que vienen en las cajas de cigarrillos-. Es un bruto, anoche, por la ansiedad, un poco de merca se le cayó entre las teclas. Sacude el polvo, piensa en el desperdicio de dinero. Está endeudado con él, con todos, con el Estado.

Moral y tributariamente endeudado. 

Aquel teclado, otrora hiperactivo en creaciones, se dedica en este momento a describir su soledad. Sus palabras tecleadas sacuden su enojo, encuentran un enemigo, vuelcan su paranoia. Su depresión aparece en la pantalla. 

Por sorpresa, tiene hambre. Camina a la cocina. Muchas bandejas de plásticos y restos del menú de Marcuzzi, un restaurant de medio pelo. El menú de siempre, pizzas o pollo con arroz. Da igual, no tiene ganas de cocinar.
Mira en la mesa, hay un arguile. Hay cenizas que cubren de gris al cenicero de la shisha, al igual que al piso, a los platos, a todo. 

Las manchitas grises de carbones consumidos le recuerdan a su familia. Un fiel reflejo de su vida, de sus fracasos. El alcohol es el combustible que ardió, incinerando sus relaciones familiares hasta reducirlas a la nada. Sobre aquél plato cerámico que usó su ex mujer para comer, que usaron sus hijos, ahora sólo hay restos del fuego que llevó a sus pulmones. Y aquellos platos son las cenizas de su matrimonio, de su vida.

Se olvida del hambre. Abre un vino. Ya ni siquiera disfruta de lo que bebe. El vino es barato, está en un tetrapack. «Que se jodan», piensa. Sabe que quisieron ayudarlo. Los detesta por haber fracasado. Los quiere. La vida es contradictoria.


Vuelve al living. La ventana es esperanza. Afuera hay sol. Siempre hay sol. Se sienta en la computadora. Busca un papelito. Busca aquella tarjeta de crédito que sería rechazada por falta de pago. La tarjeta rebota sobre la mesa, junta el polvo. Inhala. Corre las cortinas, tapa la ventana.

Afuera, a través de la ventana y no adentro, hay esperanzas.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Si te pasó algo, algún abuso, algún trauma. No esperes que nadie te entienda. Simplemente los que te rodean van a sentirse mal por un segundo, luego continuarán con su vida. Vos no.