lunes, 16 de julio de 2012

Relato de aquella noche olvidable

Sentir el ácido en la garganta. Pensar «no». Sentir el asco por mi mismo subiendo en forma de esa hamburguesa aceitosa que hace horas cené sin ganas. La soledad no se va por el inodoro, ni se va el asco, solo se va un poco de colesterol. Insignificante, realmente, dada la alta cantidad de grasas acumuladas en estos años de lograr ser una mierda. Rechazar el alcohol o las drogas es un bajón. Ahora podría empezar mi carrera de autodestrucción, el suicidio en cuotas. Pero no, yo lo prefiero al contado y ahora.

Salgo a dar vueltas sin rumbo fijo. Quizás si lo tenga. Ando cerca de su casa.

«Ahora que arruinaste todo, solo te queda volver caminando por Santa fe y rogar que te apuñalen», voy pensando. Quiero tontamente que aparezca alguno y largue el preámbulo: «¿No tenés fuego?», «¿Tenés hora?», «¿Tenés plata para el colectivo?». Mejor aún, prefiero que eviten aquella perorata introductoria donde te cuentan cuán mal lo están pasando y que digan, yendo al grano, «dame la billetera». Incluso deseo un puñal seco, sin motivo. Ir caminando y sentir como mi piel y mis músculos se rompen para dejar pasar el metal.

Pero nada. Solo una vieja en la esquina de Ecuador y Santa Fe, ahí donde está el banco, que parece estar drogada. El cinismo me lleva a observar que ella juega con su comida arrastrándola por el piso. Está loca, evidentemente. La mierda de perro es parte del menú, de sus pies, de sus manos. Hay un chicle pisado por Convers, o Nikes, o vaya a saber qué otra zapatilla puesta en pies quizás sudorosos, o quizás llenos de talco, o con juanetes o, por ahí, no sé, puede que esos pies sean perfectos. No importa realmente, no sé porqué pienso en esto. La cosa es que hay en el chicle una huella de algún transeúnte anterior a mí, mezclado con la comida de la loca esta. Al plato. Todo va al plato. Se ve delicioso. Creo que ahí hay arroz, colillas de cigarrillo, aceite de vehículos, la caca de ese perro, algún escupitajo, algo de pollo, algo pre-digerido, mocos, pelos, pelusas, ¡oh!, la caca de ese otro perro. Tuve que dejar de mirar, lo estaba masticando. «Hay gente más cagada que yo. Eso es seguro». Me consuelo por un instante. «Pero, ¿qué me importan ahora? ¿Acaso te importa el mundo cuando sentís lo que yo siento ahora?, ¿Qué vas a hacer por esa vieja ¨caninocropófaga¨, cuando vos ya no podés salvarte? Se empieza por casa, nabo, ¿Querés un mundo mejor? Cambiá tu impulsividad y ansiedad y dejá de joder a la gente de tu alrededor».


Pero, vos sí podés ayudarla, genial. Si podes hacer algo por esa vieja que ahora babea sobre su plato, bien por vos. Yo la dejé ahí y me fui pensando en que alguno de esos vagabundos que andan con sus frazadas y comidas un tanto más saludables que las de ella, iba a encontrarla y a hacerle los honores más tarde. Quizás, sí, alguno de esos borrachos lo haga. Digo, violarla más tarde. Alguno de esos tipos, como los de Anchorena y Santa Fe que ahora veo.

Mal de muchos

Jesús estaba afeitándose. Espejo de baño chiquito y espuma mentolada que le hacía arder.
¿Qué era ese dolor comparado con el de 2000 años atrás?
En la que era SU cabeza, sonaban otras voces. No, bueno, solamente, técnicamente y por un lado, era la de Él, pero su voz convivía con otras que técnicamente, por otro lado, no eran Él. Nunca sabría como explicártelo. Su padre hablaba dentro de Él, le daba órdenes en su cabeza. Pero la cabeza era suya y las órdenes eran de Jesús. Jesús también era su padre y era el mensajero que anunciaba lo que decidían ambas partes. Es decir, se entiende, el mensajero comentaba las noticias Padre/Jesús y Jesús/Padre, siendo el mensajero Padre y Jesús. 
¿Suena enredado?. Tratá de ser Él.
Fastidiaba tener la cabeza compartida, fastidiaba dudar y recibir órdenes y encima comunicarlas. Tener tres personalidades debe ser más asqueroso que ser bipolar, especialmente cuando una de éstas te lleva a comer maíz del piso de la plaza.
«Otra vez tengo que salvar a estos amantes de Poringa», pensaba, y obviamente su padre leía sus pensamientos y respondía: «Es el amor por los hombres». Jesús también creía en eso pero que otra voz en su cabeza le diga aquello le parecía redundante. Más aún cuando esa otra voz tenía una personalidad ¨disuelta-en-otra-persona-pero-no¨. Estaba cansado de ser tres en uno, quería ser libre. «Ni que fuese huevo Kinder, capa de chocolate, de leche y sorpresa», pensaba Jesús cuando nadie lo veía. El hijo de Dios, igual que muchos, siempre optó por vivir bajo las expectativas del barba. Eso le costaría la vida en un momento. Aunque como buen tramposo, sabía que no sería tan así. Le costaría unos clavos y 3 días después, «acá estoy». Luego aplausos y eternas fiestas en su nombre. Pero a su vez no lo sabía.
A Jesús lo que le molestaba era no tener una voz completamente propia. Igual, se consolaba sabiendo que nadie, nunca, iba a librarse de lo mismo que él sufría. Todos tenemos una voz interna que nos dice hasta lo que no queremos escuchar. Mal de muchos… Y Jesús también es tonto.

viernes, 13 de julio de 2012

Cavaste tan linda tumba


Cavaste tan linda tumba, que es imposible que no me revuelque en ella. Te esmeraste. Es amplia y solitaria. Eso sí, un tanto dura y fría.  Pero, ¿qué esperaba yo? Soy un cadáver, me meto de lleno acá y me dejo pudrir. Contemplo como se desgasta todo, desde adentro, desde afuera.
He de reconocer que los gusanos son casi tan laboriosos como vos, casi ni siento las piernas.
 Puedo verlos, mi alma se desprende de a poco, salen fuegos de un color celeste, fuegos que rápidamente se pierden. Esas luces iluminan todo efímeramente y yo ahí aprovecho para ver cómo me descompongo.  A veces trato de jugar a las adivinanzas y digo cosas como, por ejemplo, se me cayó el dedo pequeño del pie izquierdo. No siempre gano.
Es un buen lugar para estar lejos. Es un buen sitio. Bajo tierra. Al fin, estoy. No conozco más de felicidad, no conozco más de tristezas.
Me elegiste para asesinarme. Tenías que dejarme morir y liberarme de todo.
Bueno. Al menos no soy tu fosa común.

jueves, 12 de julio de 2012

Plutón no es un planeta

Caronte navega alrededor de Plutón. Que el barquero esté ahí no es para menos. Su órbita es Estigia y aquello que rodea, el mismísimo Hades. No es curioso que Caronte sienta el mismo terror que yo. No puede despegar los ojos horrorizados de aquel averno tan frío, tan sombrío y temible. Infierno en el que el monóxido de carbono y el metano asfixian sin dar tregua, o se congelan allá arriba en el cielo, cayendo violentamente sobre uno, bombardeándolo todo. Es obvio que yo tengo pesadillas con este sitio. Las flores, las mentas y los álamos mueren todos los días del año, aún si Perséfone visita el lugar.
No podría soportar a tantos jueces. Estaban Minos, Eaco y Radamanthys, diciéndome todo lo que hicimos mal. Ocasionaron aún mayor daño que la condena al averno, al contarme cuando abandoné, cuando fui egoísta y cuando arruiné todo. 

Plutón no es un planeta, y yo sufro con la imagen de Heracles asfixiado antes de llegar a Cerbero. Muerto, ahí, como si nunca hubiese importado que él era capaz de derrotar valientemente a la Hidra y de viajar por el espacio y cruzar a los mismísimos Zeus, Poseidón y Apolo en su travesía. La vida es horrible en el hielo de los metales.
Pero lo que más me duele es soñar con Orpheo y sus dedos tan congelados que su arpa no ha de sonar nunca más. Hades, todo Plutón, sin música. Solo el ruido del viento, de la muerte y de los hielos quebrándose. Eurídice se le pierde, aún antes de ser tentada a mirar atrás. Y desde que la música le fue privada, Orpheo permaneció tendido ahí, quedándose sin posibilidades, sin poder intentarlo todo, sin poder dar lo mejor de sí.
Por eso a vos te decía que Plutón no era un planeta. Porque nunca quise perderte allí y que muramos de frío.
Pero ahora llegó el invierno.

Pero ahora te extraño en este infierno.

Cortitas

Avatar
Mi perro y yo tenemos tan buena conexión que estoy empezando a creer que soy un avatar con Wi-Fi.

Ariel DeBoeck
Le dije ¨Nena mía, vuelve pronto a mí¨ y me dejó por pelotudo.

Ex.
Siempre supe que preferiría que las ex novias se hagan lesbianas a que bailen wachiturros. Pero ella, ella era una hija de puta que se cagaba en mis preferencias.

Ya estoy hasta las manos.
Es como que aquello tiene vida, es algo medio autótrofo, se retroalimenta sólo. Come recuerdos, come tu nombre y eso lo nutre de quererte.

martes, 10 de julio de 2012

rutina 2


Estaba encerrado junto a esa enorme máquina que sólo conoce por fuera. Tomó esa pelota de algún material, la cual se acercó rodando hacia donde él estaba. Cargó con aquel pesado objeto y lo colocó en su mesa de trabajo. El proceso que comenzaba era largo y tedioso. Con las compresas la atrapa y dale que dale con los martillazos. Tin, Tin, Tin. Trabaja duro, suda y siempre piensa que merece un descanso. 
Tin, Tin, Tin. Martillar. Golpeó acá, presionó por allá, así hasta que emergía un perfecto cubo. Lo alzó, no sin hacer mucho esfuerzo, y con un caminar fatigado puso a ese cubo en la cinta transportadora de la máquina.Todo tipo de ruido salía de ahí adentro siempre que metía aquellos cubos. Los había hidráulicos, metálicos, de resortes. Hasta bocinas, chirridos y demás.
Él no podía siquiera imaginar que pasaba por ahí, pero la máquina tomaba el cubo y lo calentaba, lo retorcía, lo presionaba moldeándolo. Lo convertía en una esfera que rodando salía por una puerta para acercarse girando hacia donde él estaba.

lunes, 9 de julio de 2012

Rutina

Paf, paf, paf, el sello golpeando el papel. Veía el membrete de una empresa que no es suya, pero a la cual le dedica su vida. Aún sin quererlo. Juan siente el chirrido, producto de arrastrar la silla en el suelo. Piel de gallina. Pensó en la espalda, la que era su espalda. Juan sabía exactamente que vértebras estaban encorvadas y tan desviadas como los que fueron sus sueños de futuro. Ellos dejaban de ser los de su juventud y viraban hacia la enfermedad y la soledad. Paf, paf, paf. Otro sello. Otra vez el membrete. Por más que miraba el reloj, éste no parecía atinar a moverse. Su tarea no acababa nunca. 
  ¨A su despacho¨. ¨Saludo a Ud. Atte.¨. Palabras, frases y puntuaciones dirigidas a robots del otro lado. Todas destinadas a posibles jugadores de golf, o a bebedores compulsivos de café en el mostrador de la confitería más ostentosa.
Sueldo, otra palabra para esclavitud.
Luego el ruido de los autos, las bocinas, era el volver a casa:
¨FIJATE POR DONDE VAS¨, escuchaba.
¨ ¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIP! ¨
¨ ¡RUMMMM! ¨, un motor que aceleraba.
¨ ¡AVANZA, GIL! ¨ - le gritaron. Juan estaba abstraído.
¨ ¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP! ¨
¨¡RUMMMM!¨. Lo adelantaron. Lo insultaron. Otra vez era su madre, esa puta que lo parió, la responsable de que él se cuelgue.
Sintió culpa.
Ese traqueteo del auto moviéndose, esas palmas sudadas en el volante, esa calle hostil encontraban su punto final. Por hoy.
Aparecía su hogar. La sopa rápida. La TV rápida. Sabía exactamente qué vertebras se doblaban, aunque ahora en el sillón. El reloj que seguía sin sonreírle. Pero porque, esta vez, su descanso acababa de terminar.
Juan llevaba 20 años de esto. Las mismas frases: ¨Que la inflación¨, ¨que mi hijo¨, ¨que la escuela¨. ¨Que a su despacho¨. A todas las escuchaba a diario. Lo hacía atentamente (atte.), aun sin notarlo.¨Paf¨, ¨Piiiiiiiiiiiiip¨, ¨Rummm¨ y escoliosis. Así describía su vida cansina.
Y una noche, como todas las noches, se durmió. Pero esta vez soñó que la casa era un barco. Uno que navegaba en pasto verte, en estrellas más brillantes, en paredes como olas. Sonrió, eran las paredes ahora las que se encorvaban, no su espalda. Se doblaban y enderezaban. Iban y venían, y él estaba sumergido en ellas. Soñó con amigos que le contaban cada uno una historia distinta, y que lo que ellos decían, él lo saboreaba. Había historias de melón o que tenían sabor a café. También soñó que usaba como arpa a las rejas del balcón de su casa-barco. Cuando Juan tocaba, de cada reja salía un haz de luz y de cada haz de luz se oía el sonido. ¨Do¨. Luz. ¨Re¨. ¡FLASH!. ¨SOL¨, y ahí se iba ese láser al infinito, inalcanzable.
Reía.
Salió del balcón, buscó a sus amigos. Esta vez notó que ninguno se comunicaba con el otro, sólo seguían contando sus historias para sí. No podían cocinar juntos. Había historias-ingredientes, pero no una cocina. Miró las paredes, cerró los ojos en su sueño, y rogó que pararan. Ellas seguían encorvándose y enderezándose. - No, por favor – dijo, y salió al balcón.Luces que seguían saliendo cuando él tocaba las rejas. Mismas melodías. Mismo toque. Mismas Luces. Mismas historias. Mismos ingredientes. Mismo encorvarse y enderezarse.Despertó.Lloró.
  Pobre, ¿Verdad?, Eso de soñar con rutinas…

Ascensor


Entré a un edificio. Paredes blancas por todos lados. Un horizonte de blanco en el cual apenas se distinguía la puerta de un ascensor, allá en el fondo de la gran habitación. Fui hasta él, pulsé el botón y las puertas se abrieron de par en par. Había una persona, era un viejo de piel negra y canas grises. Campera de cuero marrón, pantalón de gabardina y zapatos negros. Lo miré, me miró y no cruzamos palabras. No hablábamos, pero sentía esta especie de incomodidad: pensé que me esperaba y que tenía que hablarle.La cosa es que jamás adiviné si el ascensor subía o bajaba, nunca entendí su desplazamiento. Y, cuando la puerta se abrió, opté por salir inmediatamente. Ahí estaba yo, en otra habitación, descubriendo que tenía que buscar al otro vehículo edilicio que se imponía en la blancura de enfrente. Tenía que ir ahí, sí o sí, puesto que al mirar atrás no había señales del transporte ya tomado: solamente había más cemento pintado de blanco. Blanco predominante en todas las paredes menos en la del nuevo ascensor.
Entré en aquél otro. Era, visto desde afuera, particularmente más chico que el anterior, mucho más chico. Miré adentro, cuando sus 0puertas se abrieron, y sólo veía un pequeño cubículo gris, con las típicas luces de ascensor, la típica sensación del ascensor y el típico metal del ascensor. Pensé en cómo demonios hacía para entrar ahí.Nunca me respondí, dí un paso para adelante y entré. De pronto lo sentí normal, como si la reducción de su tamaño había sido un truco mental. Digamos que me había imaginado tener que viajar con las piernas flexionadas o arrodillado, pero no. Es más, había lugar para esta chica, que me miró. Tenía pelo castaño y  de un lacio muy particular que caía por los costados, usaba una boina verde -creo que era una boina-, tenía algo rojo abajo, una polera que le abrigaba el cuello. Ella usaba un saco negro largo y se veían unas medias, también negras y largas. Sus piernas terminaban unas botas marrones de punta y taco alto aguja. Tampoco le hablé, pero el espacio entre nosotros... Dios, era enorme, ¿De dónde salió este valle de gris que nos separaba?.
Salí de ese ascensor y tomé los siguientes, siempre pasaba lo mismo. Siempre. Se presentaba más chiquito para luego convertirse en enormidad. Pasaba de pensar «tendré que contorsionarme», para que eso no sólo no sucediera sino, que por el contrario, hasta podía estirarme. Siempre era entrar, ver a esas personas (un pibe de gorra, una japonesa, etc, etc.) y observar la enorme distancia que nos separaba. En los últimos ascensores tomados, tuve que esforzar la vista, estaban a varios metros. Calculo que a cientos de metros.
Y nunca, nunca más pude volver a ver a esa gente y hablarle. ¿Habrán sabido que pasaba? Ahora no llego a ver a nadie, solamente hay gris. Si camino en el ascensor, ¿volveré a encontrar la puerta?

Tecnocídio


Vos te reís pero es triste... Mi tecnología se automutila, se autoflagela, se odia... Es como que se cansa de ser y prioriza la muerte por sobre la preservación de su existir. Mi tecnología decide, entonces, cortarse los cables, pixelarse hasta entrar en coma, ahorcarse de los piolines sueltos de mi ropa o caerse de una altura superior a la distancia entre mis rodillas y el suelo. A veces hasta sesumerge en arroyos de 5 cm de profundidad...
  Pero he aquí una peculiaridad, un celular, el último que compre, se suicidó de una manera bastante melancólica... Empezó a poner la pantalla de color Cian, luego optó por el magenta y luego un blanco poético. Su luz al final del túnel. Me gusta pensar que fue un "Mimnio athesa eioioio" en escala cromática."

sábado, 7 de julio de 2012

Otra de bares y resacas

Desperté esa mañana y ahí estaba ella. Me miró con desprecio y clavó su taco aguja en mi estómago con violencia. Aquello me obligó a retorcerme. Tomándome entre sus brazos, me atrajo hacia ella. Supe que comenzaba la tortura.

Era la madrugada que precedía a esa matina nefasta. Yo estaba riendo con mis amigos en el bar. Decidimos tomar otro trago, el cuarto cortito del Zumba. Lo pasé. Dulzón. Y la vi. Ella me miraba sentada y cruzada de piernas, dejaba ver esos tacos aguja que más tarde se clavarían en mi pobre pancita. Había algo raro en ella, me seguía con la mirada y yo sentía como el frío me helaba el cuerpo.

Ella dejó caer mi cabeza en la almohada. En ésta ahora había una prensa, y con un movimiento rápido inmovilizó mi cráneo en ella. No podía girar la cabeza y sentía esa horrible presión casi a la altura del frente, un poco más alto. Temía que mi cabeza fuese a romperse, especialmente en el costado derecho. Sentía como la vena o artería que ahí había se obstruía y aquello aumentaba el dolor. Si tan sólo hubiese visto que me la juraba en el bar.

De golpe sentí aquellas punzadas, cerraba los ojos como nunca antes los cerré y todo mi cuerpo se doblaba, ella estaba remachándome la cabeza, la cual seguía inmovilizada por la prensa. Con cada golpe y cada remache, justo en ese sector que les conté -la tenía con la parte superior derecha de mi cabeza-, sentía que mi cerebro rebotaba dentro mío. En serio. Creía sentir como, al retorcerme para adelante, toda la materia gris golpeaba y luego con violencia rebotaba hacia atrás. Ella disfrutaba la tortura tanto que, para seguir la fiesta, gritaba y cantaba y eso me hacía mierda. No que cantara mal, pero me mataba. También, de pura maldad, había puesto un ladrillo en el espacio que queda libre entre la almohada y el colchón. Ese lugar en el que generalmente acomodamos los hombros ahí. Aquello me rompía la nuca.

Volviendo al bar. Cuando el veneno bajó por la tráquea y aquella mirada me petrificó, tragué más fuerte. Creo que mi estómago recibió con violencia el exceso de alcohol, tanto que, no miento, bajó hacia mis pies y yo hice el típico ¨¡¡¡AHH!!!¨ de alguien que sufre por el fondo blanco. El mareo no se hizo esperar y ahí fue cuando la perdí de vista en el bar. Pero ahora estaba ahí ella, mi estómago no daba más, la tortura a la que era sometido lo había vencido y ahora amenazaba con devolver todo lo que contenía. Todo lo que había bajado tenía que subir.  Yo nunca me voy a explicar como hizo para dejarme ir hasta el baño, cómo esa prensa seguía aferrada a mi cabeza.

Me incliné.

Remaches de nuevo.

No iba a dejarme en paz. No iba ni a respetar a un hombre que abrazaba el inodoro. Lo sabía. Sentí el gusto del vino, de ahí que nunca más quise probarlo. Los remaches se sentían distintos, creo que la onda expansiva dentro de mi cabeza perturbaba a cada célula desafortunada que encontraba en su camino. Me llevó a la cama y me dejó sin taco aguja en el estómago. Por un rato. Siguió apretando y sonriendo, seguía girando el mecanismo que acercaba a las paredes de la prensa. Paredes que ignoraban que había un conjunto de tejidos, de huesos, de materia gris, de recuerdos y de pensamientos. Mi personalidad entera aplastada. Como esas venas o arterias.

Decidió darme de tomar agua. Creo que eso fue de pura maldad. Una vez que bebí, aplastó su taco aguja contra mi estómago de nuevo y luego gatillo su pistola. TAC, TAC, TAC. ¿¡Dónde carajo entraban tantos remaches en mi cráneo!?

Otra vez me descompuse.

La procesión al baño comenzaba.

Ella era la cazadora que presentaba su presa.

Remaches.

Creo que se fue aburriendo, ya que lo que les cuento se repitió varias veces, pero iba mermando la intensidad. Ella fue dejando de patearme el hígado y el estómago e incluso creo que se le acabaron los remaches. Con el tiempo se fue y yo me metí en la ducha. Desnudo como estaba, miré a mi panza y pensé que tenía que hacer ejercicio. La panza birrera es
un asco.

El agua quitaba remaches y yo empecé a cantar:


Take this bottle
Take this bottle
And just walk away, the both of you
And let me feel the pain I've done to you.

Esta noche pisé K’sa Tomada. Les escribo esto porque después de saludar a Diego en la puerta,  de reírme con Tonchy -le habían inventado un nuevo apodo: Negrácula-. Después de tres cervezas con el Isbe y de bailar mirando los elefantes que él pinto en la pared. Después de todo eso, la ví otra vez en la barra. Me sonrío y pasó sus dedos por el cuello.

Dolor.

Sabotage

El bar estaba lleno, había tocado una banda tributo a The Rolling Stones y la joda se prestaba para seguir. Todo pintaba piola, por suerte no había rollingas, ellos arruinan todo panorama con su fealdad. ¨Start me up¨, eso pensé y eso quería. Muchas minas, lástima que había como una docena de gordas con piel como un queso gorgonzola. Hoy no me apetecían. Aquella noche sí. Hoy no.
Mover el esqueleto, todo consiste en mover el esqueleto. Pienso en aquello frente a esta mujer que me sonríe y con la que bailo. Está buena. Lástima el naso, pero está buena. Tengo que hablarle. El chamuyero idiota que me precedió hizo preguntas ridículas que alcancé a escuchar: ¨ ¿Qué estudias?¨. Todo buitre sabe que a su presa no se la aburre. La danza de la cobra, el flautín y la Jihad que esta mujer puede soltar. Creo que ella estaba en física o algo así, eso alcancé a escuchar. ¿Qué me importa? Bastante bien se mueve ese cuerpito para estar repleto de fórmulas, ¿eh? Ojalá que la gravedad te lleve a mi cuarto. 9.81 es el valor de las interacciones físicas que quiero.
Por ponerme a pensar en cómo bailar pierdo el ritmo. Lo noto en su cara cuando me mira, sé que me está puteando por dentro y su expresión lo hace por fuera. Alcohol, necesitamos alcohol, necesito aflojar y largar el chamuyo. Hoy quiero llevarme una, a esta. Llevo meses sin levante, y ya empieza a cansarme la bardeada de mi autoestima.
Le digo dos cosas y me sonríe. Le digo ¨tomemos¨. Claro que se lo digo con entusiasmo y a lo rocker, todo un Mick Jagger. Estiremos las ¨e¨ y luego pongamos énfasis: ¨Tomeeemos¨. Ahora piensen en mi expresión, estoy todo retorcido y con cara de loco cuando digo aquello. Ahí tienen la escena. Mi cuerpo se curva para un costado y otro, la danza de la cobra. Soy un maestro.
El piso del boliche de Palermo está lleno de botellas, está mojado y seguro que repleto de todo tipo de fluidos, mucha transpiración se nota en el ambiente. Pongo mi pie sobre algo, una tela. La levanto. Oh, qué asco, está mojada. La dejo en la barra. Pido dos tequilas. Sal, tequila, limón y ponerme pensar en si me lavé aquella mano porque estoy pasándole la lengua. Ella se sacude, el tequila estaba fuerte, ¿no?
Estamos con mi amigo, otro que no levantó, está bailando con ella. Ella ríe, me acobardo, bartender another round. Caigo con champagne, billetera mata a galán, pedazo de gil. Me acerco al pibe y le digo: ¨volá, esta es mía¨. Se ríe, dice que esto es una competencia. Sirvo champagne, ebriedad, ella tiene que emborracharse. Como yo. Coraje es algo que se consigue con el grado justo de alcohol.
Me dice bailemos y yo sonrío. Ella agarra la tela, era una bufanda, y me la pone en el cuello. Toda esa humedad, esa mugre y ese olor a mierda de la tela en mi cuello. Nada sexy hay en eso. Hija de puta, te mato. Huele tan asquerosamente, que me dan náuseas, tengo el tequila colgando de mi glotis y el reflujo no es imposible.
Ahí está. Reflujo. Al baño. Mierda. La cagué, los dejé solos y las espumas las vuelven cariñosas.
El baño es el infierno. Así debe ser el lugar donde Hitler esté pagando por sus pecados. Alguien comió choclos, y no lo digo porque veo su vomito. Estoy cara a cara contra algo más. Pero no me contengo. La imagen ayuda a descargar. Chau tequila. ¿Por qué está tan mojado el inodoro? Ok, nunca debí haberlo preguntado.
Me recompongo, me miro al espejo, vomitar es salud. Me peino. Soy una cara bonita y un interior destrozado. Voy a tener cirrosis a este paso. Menos mal que lo esencial es visible a los ojos, nadie levanta con el hígado.
Nueva actitud, mismo mareo. Sigo y los busco. Lo veo a él, está solo, la mina está besando a otro tipo. Mierda.
Ya se conoce el resultado. Fondo blanco. Caer al piso. Ser levantado. Las patadas de los patovas. Irme contra ellos. Que me agarren mis amigos y me digan: ¡No seas pelotudo, borracho asqueroso! Gritarles ¨mami¨ a esos gatos y odiarlas con el alma. Putas, son todas putas.
Llego a casa, duermo. Me levanto solo. Ni mi amor propio duerme conmigo.